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De violencias, respetos y consecuencias: ¿Dónde termina la provocación?

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A veces es necesario hacerse cargo de la violencia que uno mismo
genera. Empecemos por lo obvio: no estamos de acuerdo con la
violencia. La condenamos en todas sus formas. Hasta aquí, estamos
claros.
Sin embargo, lo ocurrido esta semana en Tucumán —donde el
diputado libertario Pelli recibió un cabezazo de un empleado público
en medio de las protestas por las inundaciones— nos obliga a mirar
más allá del impacto físico.
Es curioso notar que la repercusión mediática de este “cabezazo” ha
sido monumental, incluso asustadiza. Pero esa alarma no siempre es
equitativa. Es inevitable recordar cuando agredieron a Sergio Berni: en
aquel entonces, los mismos medios que hoy se rasgan las vestiduras
buscaban culpabilizar a la víctima por ser parte de un gobierno
peronista. La doble vara, siempre presente. (Vale recordar, además,
que muchos de estos sectores ni siquiera condenaron el intento de
magnicidio contra la entonces vicepresidenta Cristina Fernández de
Kirchner).
El límite de la palabra
Pero quiero ir a un lugar más profundo, quizás polémico, pero
necesario de revisar: ¿Cuánta violencia se puede ejercer desde el
discurso sin esperar una respuesta?
 ¿Por qué alguien se siente con el derecho de ser violento
verbalmente y espera ser tratado con un respeto sagrado?
 ¿A cuántas personas se puede violentar con políticas o palabras
antes de que alguien reaccione?
 ¿Por qué creer que se puede decir o hacer cualquier cosa sin
que exista consecuencia alguna?
Hay una máxima de la calle que nunca falla: siempre hay uno más
loco que vos. Aunque la violencia física nunca sea la respuesta ideal,
cabe preguntarse: ¿podemos juzgar con la misma severidad a quien
reacciona frente a un violento sistemático? Quizás, y solo quizás,
estos personajes creen que la impunidad discursiva es total, hasta que

se topan con una realidad que no pueden controlar con un posteo en
redes sociales.
Una reflexión necesaria
Es hora de “parar la pelota”. Debemos reflexionar, pero el pedido no
debe ser solo para un sector. La dirigencia debe empezar a hablar en
los foros públicos bajo un marco de respeto real por el otro. Cuando se
pierde el respeto, la violencia avanza a pasos agigantados. Sabemos
cómo empieza este juego, pero nadie sabe cómo termina.
Para cerrar, dos certezas:

  1. Hay que aguantar con el cuerpo lo que se dice con la boca.
  2. La condena debe ser pareja para todos. No hay “violencia
    buena”, pero sí existe la violencia inevitable cuando lo que está
    en juego es la dignidad y la vida de las personas.

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