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La construcción de un nuevo país

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Historia del Peronismo (1946–1955)

Si la primera etapa del peronismo fue la irrupción de una nueva fuerza social en la política argentina, el período que se abre entre 1947 y 1951 es el momento de su consolidación. Ya no se trataba solo de promesas o símbolos: el proyecto encabezado por Juan Domingo Perón comenzaba a tomar forma concreta en la vida cotidiana de millones de personas.
En estos años se produce una verdadera redistribución del ingreso. Los salarios reales crecen, el consumo popular se expande, y por primera vez amplios sectores trabajadores acceden a bienes que antes eran impensables: electrodomésticos, vacaciones, vivienda digna.
La Argentina comienza a verse —y sentirse— distinta.
El Estado pasa a ser el gran protagonista. No como una estructura lejana, sino como una herramienta activa de transformación social. A través de organismos como el IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), el gobierno regula el comercio exterior, captando recursos del sector agroexportador para financiar la industrialización y las políticas sociales.
La lógica era clara: dejar atrás el modelo agroexportador dependiente y avanzar hacia una economía más autónoma e industrial.
En este contexto, la industria nacional experimenta un fuerte impulso. Se crean fábricas, se promueve el empleo, se incentiva el mercado interno. Para muchos jóvenes de la época, el futuro ya no estaba en el campo o en la marginalidad urbana, sino en el trabajo industrial, en el progreso posible.
Pero si hay un hito que marca esta etapa con fuerza, es la ampliación de derechos políticos. En 1947 se sanciona el voto femenino, una conquista histórica que cambia para siempre el mapa electoral argentino. Y aquí, nuevamente, aparece con centralidad Eva Perón, quien no solo impulsa la ley, sino que moviliza a miles de mujeres a participar activamente en la vida política.
Evita no hablaba desde la distancia: hablaba desde la emoción, desde la identificación con los más humildes. Su discurso, muchas veces directo y sin filtros, conectaba profundamente con quienes nunca habían tenido voz.
Para muchos jóvenes de hoy, puede resultar impactante imaginar ese nivel de conexión entre una figura política y el pueblo. No era marketing: era vínculo real.
A través de la Fundación Eva Perón, se construyen hospitales, hogares, escuelas. Pero más allá de las obras materiales, lo que se construye es una nueva sensibilidad social: la idea de que el Estado debe estar presente donde hay necesidad.
Sin embargo, este proceso de transformación también comienza a generar tensiones más visibles. Sectores empresariales cuestionan el avance del Estado y el fortalecimiento sindical. Parte de la prensa se vuelve abiertamente opositora. Y dentro de las clases medias, empiezan a surgir incomodidades frente a lo que perciben como un cambio demasiado brusco del orden social.
Según autores como Roberto Elizalde, o Norberto Galasso, el peronismo no solo redistribuye riqueza: redistribuye poder simbólico. Y eso, en cualquier sociedad, genera resistencias profundas.
Hacia 1951, el movimiento peronista alcanza uno de sus puntos más altos de apoyo popular. Perón es reelegido con amplio margen, consolidando su liderazgo. Pero, al mismo tiempo, empiezan a aparecer señales de desgaste: dificultades económicas, inflación creciente y un contexto internacional menos favorable.
Aun así, para millones de argentinos, estos años representan una etapa de ascenso social, de inclusión y de dignidad recuperada. El peronismo ya no es solo un gobierno: es una identidad, una forma de ver el mundo.

En la próxima parte, nos adentraremos en un período más complejo, donde las tensiones se intensifican, los conflictos se profundizan y el destino del proyecto peronista comienza a entrar en una zona crítica.

Cristian Gonzalez-Allerbon Profe. de Historia

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