Historia del Peronismo (1946–1955)
A partir de 1952, el peronismo entra en una etapa distinta. Ya no es el movimiento ascendente, cargado de impulso y expansión, sino un proyecto que debe enfrentar límites concretos, tensiones acumuladas y un escenario cada vez más adverso. El segundo mandato de Juan Domingo Perón comienza en un contexto más complejo, tanto en lo económico como en lo político y social.
Uno de los golpes más profundos, tanto simbólico como emocional, ocurre ese mismo año: la muerte de Eva Perón en julio de 1952. Para millones de argentinos, Evita no era solo una figura política; era la encarnación de la justicia social, el puente directo entre el poder y los humildes. Su ausencia deja un vacío difícil de llenar. Con su muerte se pierde una dimensión afectiva clave del peronismo, aquella que equilibraba el liderazgo más racional y estratégico de Perón.
En paralelo, la economía comienza a mostrar signos de agotamiento. La etapa de crecimiento impulsada por la redistribución del ingreso y el consumo interno empieza a enfrentar límites estructurales. La caída de los precios internacionales, la escasez de divisas y las dificultades para sostener el proceso industrial generan tensiones. El gobierno responde con un giro pragmático: impulsa el llamado Segundo Plan Quinquenal, orientado a estabilizar la economía, aumentar la productividad y moderar el consumo.
Este cambio implica decisiones difíciles. Se busca contener la inflación, se negocia con sectores empresariales y se ajustan ciertas políticas que antes habían favorecido ampliamente a los trabajadores. Esto genera incomodidad incluso dentro de la propia base peronista. El movimiento, que había nacido como una fuerza expansiva, ahora debía administrar restricciones.
Al mismo tiempo, el clima político se vuelve más áspero. La oposición, que nunca había desaparecido, se vuelve más activa y confrontativa. Sectores de la prensa, partidos políticos tradicionales, parte de la clase media y, progresivamente, actores clave como la Iglesia y las Fuerzas Armadas comienzan a alinearse en una postura abiertamente antiperonista.
El conflicto con la Iglesia Católica marca un punto de inflexión particularmente fuerte. Medidas como la legalización del divorcio y la eliminación de la enseñanza religiosa en las escuelas generan un quiebre con una institución que tenía gran influencia social. Este enfrentamiento no solo es político, sino profundamente cultural: se pone en juego el sentido mismo de la identidad nacional.
En este período el peronismo entra en una fase de “radicalización defensiva”. Es decir, frente al aumento de la oposición y las amenazas, el gobierno endurece su postura: se intensifica el control sobre los medios, se limita la acción de los adversarios políticos y se refuerza la lealtad interna como valor central.
Para muchos jóvenes de hoy, este momento puede resultar especialmente interesante: muestra cómo los procesos políticos no son lineales ni ideales. Incluso los proyectos más transformadores enfrentan contradicciones, tensiones y decisiones difíciles. El peronismo, que había ampliado derechos y generado inclusión, ahora debía sostenerse en un contexto cada vez más hostil.
En las calles, en las fábricas, en los hogares, el clima cambia. Ya no predomina solo la esperanza; también aparecen la incertidumbre y el conflicto. La sociedad argentina se polariza cada vez más: peronistas y antiperonistas no solo discuten ideas, sino que comienzan a verse como enemigos irreconciliables.
Hacia 1955, la situación alcanza un punto crítico. Las tensiones acumuladas durante años están a punto de estallar. Lo que se viene no será solo una crisis política, sino un quiebre histórico que marcará a la Argentina por décadas.
En la última parte, veremos cómo este proceso desemboca en el golpe de Estado, el derrocamiento de Perón y el inicio de una nueva etapa cargada de proscripciones, resistencias y memoria.
Cristian Gonzalez-Allerbon







