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No es solo lo que pasa: es lo que nos está pasando

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Vuelve a aumentar todo. Pero lo más difícil de medir no siempre entra en un índice o en una estadística. También se deterioran los vínculos, el ánimo, la capacidad de proyectar, de pensar con claridad, de sostener la vida cotidiana sin agotarse. Se nota en la calle, en el tren, en las miradas cansadas, en la tensión permanente con la que convivimos. Cada uno intentando salvar lo propio como puede, muchas veces empujado más por el miedo que por elección. Y quizás ahí aparezca una de las preguntas más incómodas de este tiempo: ¿en qué momento vivir así empezó a parecernos normal? Porque nada de esto apareció de un día para otro. También es el resultado de años de desgaste, frustraciones y promesas rotas que fueron dejando a muchas personas sin horizonte colectivo.
Mientras tanto, hay un gobierno que no oculta el rumbo que eligió. Ajusta sobre jubilados, recorta en discapacidad, deja caer derechos y vuelve a instalar la lógica de que todo puede reducirse a números, productividad o rendimiento. Pero lo más profundo quizás no sea solamente el ajuste económico, sino la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse al sufrimiento ajeno cuando el miedo, el cansancio o la bronca ocupan demasiado espacio. Funcionarios que no explican, una justicia que parece llegar siempre tarde y una sensación persistente de que muchas cosas pueden pasar sin consecuencias reales. Y entonces aparece otra pregunta inevitable: ¿qué pasa con una sociedad cuando la crueldad empieza a sentirse cotidiana y la indiferencia ocupa cada vez más lugar?
Y esto tampoco ocurre de manera aislada. Hay un mundo cada vez más desigual, más agresivo y más atravesado por disputas de poder que terminan impactando directamente en la vida común. La alineación automática con los sectores donde se concentra el poder económico y político global vuelve a empujar recetas conocidas: menos derechos, menos protección y una lógica donde la rentabilidad parece valer más que la vida cotidiana de millones de personas. A eso se suma una corrupción obscena, visible, sostenida con una naturalidad alarmante. Como si el mensaje permanente fuera que el sacrificio tiene que hacerlo siempre la mayoría, mientras los privilegios quedan concentrados arriba. Y quizás una de las consecuencias más profundas de todo esto sea esa sensación de impotencia que muchas veces empuja a pensar que nada puede cambiar y que cada uno debe arreglarse solo. Pero si naturalizamos esa idea, ¿qué lugar queda entonces para lo colectivo, para la empatía o para cualquier intento de transformación?
Y quizás ahí aparezca una de las preguntas más importantes de este tiempo. ¿Qué pasa cuando dejamos de sentir al otro como parte de nuestra propia realidad? No solamente en lo económico o en lo político, sino también en lo humano. Como si todo empujara a encerrarse, a sobrevivir solo, a mirar el dolor ajeno como algo distante. Se rompieron vínculos, referencias, espacios donde antes las personas podían encontrarse, discutir, organizarse o simplemente sentirse parte de algo. Y eso también genera indiferencia, agotamiento y bronca.
Nosotros no hablamos de esto desde afuera: también lo vivimos, también nos atraviesa. Y justamente por eso creemos que ya no alcanza solamente con señalar lo que pasa. Tal vez el verdadero desafío de este tiempo sea volver a frenar, mirar alrededor y preguntarnos qué lugar ocupa el otro en nuestra vida cotidiana. En un momento donde todos parecen tener una verdad definitiva, donde todo empuja a reaccionar rápido, a opinar rápido y a seguir de largo, quizás hacer una pausa y hacerse cargo de lo que le pasa al otro ya sea una forma de resistencia.
Quizás también haya que animarse a mirar un poco más allá de la reacción inmediata. Porque nada de lo que estamos viviendo apareció de la nada ni puede explicarse solamente por una persona, un gobierno o una elección. Los dirigentes, las tecnologías, las formas de comunicarnos, incluso la velocidad con la que consumimos y descartamos todo, también hablan de la sociedad que fuimos construyendo durante años. Los resultados están a la vista. Y tal vez ahí exista una responsabilidad más incómoda: entender que no alcanza con esperar que otro resuelva lo que como sociedad dejamos deteriorar durante demasiado tiempo.
Vivimos en una época donde todo parece acelerarse. Los procesos son más cortos, las crisis más profundas y las desigualdades más visibles. Cada vez más poder concentrado en menos manos, mientras crece una sensación de desconexión que muchas veces hace creer que el problema del otro nunca nos va a tocar. Pero ninguna sociedad puede sostenerse solamente desde el aislamiento, la indiferencia o el “cada uno por su cuenta”. Tarde o temprano, todo termina impactando sobre la vida común. Y quizás ahí vuelva a aparecer una pregunta simple, pero difícil de esquivar: ¿qué estamos dispuestos a hacer, incluso en lo pequeño y cotidiano, para que vivir juntos no termine convirtiéndose solamente en sobrevivir?

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