Ángela había cumplido veinte años hacía apenas unos
días. Su juventud tenía el brillo de algo recién desper-
tado: los ojos azules encendidos, la sonrisa amplia queiluminaba cualquier cuarto y esa mezcla de alegría y suave me-
lancolía que asomaba cuando se quedaba en silencio. Su cabellorubio, suelto, le bordeaba los hombros como un reflejo de luz.
Caminaba aún con la liviandad de quien está aprendiendo a des-
cubrirse.Aquella tarde estaba en la casa de su abuela Zunilda —Zuni,
como la llamaban todos—. Zuni era una mujer que tenía la rara
capacidad de aquietar el aire. Su presencia callada y firme eracomo una manta tibia en pleno invierno. Había en ella una se-
renidad de origen antiguo, nacida no sólo del tiempo sino de lasheridas que ese mismo tiempo había dejado. Antropóloga por
vocación tardía, casi geóloga —título inconcluso—, llevaba en-
cima recuerdos de una adolescencia controvertida, con doloresque jamás narraba del todo, pero que Ángela alcanzaba a intuir
en ciertos silencios.
Aquellos días, Ángela había decidido quedarse a dormir en lo desu abuela. Les gustaba compartir pequeñas rutinas que ya forma-
ban parte de una complicidad propia.Esa tarde de sábado, entre mates tibios y el murmullo suave de la
casa, jugaban a las cartas sobre la mesa del comedor.
—¿Ya estuviste pensando qué vas a estudiar en la facultad? —
preguntó Zuni, mientras mezclaba el mazo con torpeza cariñosa.
—Sí, abue. Ya me decidí.
—Ay, contame. No me dejes con la intriga.—¡Música! Me apasiona —respondió Ángela, mientras se le ilu-
minaban los ojos.Zuni sonrió apenas, con ese orgullo que se le escapaba por las
comisuras.—Y sí… estudiar, estudiar, nunca fue lo tuyo, pero cantar… can-
tar es otra historia. Tenés un talento enorme, Ange.La joven rio y, como impulsada por un pequeño viento interno,
empezó a cantar una melodía suave. Su voz —tierna, íntima—llenó el ambiente como si despertara algo que dormía en las pa-
redes.—Bueno, che —interrumpió Zuni—. Cantás hermoso, pero apu-
rate, que si no jugás esto se hace eterno.—¿Qué pasa, Zuni? ¿Estás nerviosa porque venís perdiendo?
—Estamos jugando la revancha, y ésta no la pienso perder —
contestó Zuni, levantando la ceja.
Ángela bajó una carta, boca abajo, sobre el mazo. El golpe seco
decidió la partida.—¡Creo que te la gané otra vez! ¡No te enojes, abue, mañana ca-
paz que se te da!
La cara de Zuni se endureció en un gesto teatral que duró dos
segundos, hasta que ambas soltaron una carcajada.
—Bueno, el que gana pone la mesa —dictaminó Zuni mientras
juntaba las cartas.—¡Abue! Igual, siempre pongo la mesa. ¡Si vos cocinás! ¡Y co-
cinás tan rico! —le dijo Ángela, levantándose para abrazarla yacariciar la larga trenza que Zuni llevaba siempre recogida.
—Qué fácil me comprás vos a mí, eh. Unas palabras lindas, un
mimo… y ya está.
—Es que sos de las personas más importantes que tengo, abue.
—Y vos para mí, Ange.
Zuni se levantó, fue hacia la cocina y empezó a revolver el tuco,
dejando que el vapor le nublara un poco los anteojos. Tiró los
fideos al agua hirviendo mientras tarareaba una canción vieja.
Ángela se apoyó en el marco de la puerta, mirándola cocinar,
como si observar ese gesto conocido le trajera de vuelta cientos
de otras escenas.
Escenas de las que vivieron juntas en Bariloche durante años: las
caminatas hacia las pintadas por las Madres de Plaza de Mayo,
las reuniones colmadas de voces militantes, la tristeza noble que
a veces atravesaba a Zuni cuando hablaba del pasado. Esa mezclade historia familiar y del país había sido para Ángela una educa-
ción silenciosa, profunda.Zuni, por su parte, había sentido un llamado apenas la vio nacer,
en noviembre de 2002. La piel rosada de su nieta, el temblor frá-
gil de la vida nueva, fueron motivos suficientes para dejar atrásQuilmes y mudarse al sur. Desde entonces, había sido su abuela,
su compañera, su guardiana de la memoria.Hasta que ya se fue haciendo cada vez más grande, y no precisa-
ba de un cuidado constante. Entonces Zuni decidió volver a suQuilmes querido. Cada tanto recibía la visita de su nieta, o tal vez
era ella quien iba a visitarla. En esta oportunidad, Ángela visitaba
la casa de su querida abuela.Cuando terminaron de cenar, se quedaron un largo rato conver-
sando. La noche afuera era una manta oscura, y adentro, la coci-
na tibia y perfumada de pastas.—Abue… —dijo Ángela, mirando la taza que sostenía entre las
manos—, ¿vos creés que la música me puede dar un futuro?
Zuni la observó con una serenidad dulce.
—Yo creo que lo que da futuro es lo que te conmueve. Lo que te
mueve a ser vos. Y si cantar te enciende, entonces sí. Tenés que
animarte.
Ángela apoyó la cabeza en el hombro de su abuela, como cuando
era chica.
—A veces me da temor equivocarme.
—A todo el mundo le da miedo —respondió Zuni, acariciándole
el cabello—. Lo importante es no dejar que te atrape, que te haga
más chiquita. Sólo se equivoca quien arriesga, quien se anima a
dar un paso, quien se la juega. Los demás se quedan en ese temor
que los inmoviliza, los paraliza el cambio, lo distinto. Querida
mía, en la vida hay que jugársela.
El silencio que siguió fue de esos silencios buenos. De esos que
no pesan: descansan.
Ya era tarde. El cansancio le cerraba los párpados.
—Bueno, basta por hoy —dijo Zuni, levantándose despacio—.
Mañana seguimos cambiando el mundo.
—Si vos querés, abue —respondió Ángela, riéndose.Apagaron las luces de la cocina y caminaron por el pasillo ilumi-
nado, apenas, por una lámpara tenue. Zuni marchaba con pasosereno; Ángela la seguía, sintiendo que cada sombra de esa casa
le resultaba familiar.
—Abue… —murmuró antes de entrar al cuarto—, gracias por
dejarme estar estos días con vos.
Zuni se acercó, la tomó de las mejillas con sus manos tibias y le
dio un beso en la frente.
—Siempre vas a tener un lugar acá, Ange. Siempre.
Se acostaron en la cama de dos plazas a dormir, como en las viejas
épocas. La casa quedó quieta. Juntas sentían una profunda paz.
Y así, en esa calma de abuela y nieta, de historia y presente, la
noche se cerró sobre ellas como un abrazo.
En la madrugada, a Ángela la despertó un ronquido profundo,
casi vibrante. Abrió los ojos con una mezcla de fastidio y ternura.—Ay, abue… —susurró, sonriendo en la oscuridad. Quiso mo-
verla para que acalle ese ronquido, pero fue inútil. Pocas vecesroncaba tan fuerte como para despertarla, también entendía su
cansancio y no quiso molestarla.
Intentó acomodarse de nuevo, pero el ronquido siguiente fue tan
rotundo que desistió. Con un suspiro resignado, se levantó, sepuso un buzo y caminó hacia el living. La casa estaba fría, silen-
ciosa y también familiar. La luz del velador, tenue, dejaba ver elsillón grande donde tantas veces se había quedado dormida de
chica.
Se sentó, abrazó sus rodillas e intentó volver a dormir, pero elsueño la había abandonado. La noche parecía demasiado des-
pierta para dejarla descansar.Entonces decidió buscar algo para leer.
Abrió la antigua biblioteca de Zuni. Tenía puertas de vidrio
esmerilado y un olor leve a madera envejecida. Allí convivían
libros de antropología, mapas doblados, cuadernos de campo y
algunos álbumes de fotos. Ángela pasó la mano por los lomos,
buscando que alguno la llamara. Nada la atrapaba.
Abrió entonces el mueble inferior, un cajón profundo que hacía
años no veía abierto. Había carpetas, sobres, cartas atadas conhilo, una libreta azul gastada. Entre todo eso, unos papeles suel-
tos, amarillentos, parecían fuera de lugar.Los tomó.
Se sentó en el sillón bajo la lámpara. El primer papel tenía unaletra que reconoció: la de su abuela. Una caligrafía firme, inclina-
da, que sabía más de lo que decía.Empezó a leer.
Los primeros párrafos eran fragmentos sueltos: fechas, lugares,
nombres que ella no conocía. Hasta que apareció una frase más
larga, escrita como quien se saca un peso del pecho después de
muchos años:
“La mañana en la que escapé tenía cinco meses de embarazo, y
sentía que no corría sólo para salvar mi vida, sino para que mi hijo
pudiera nacer en un país donde no te maten por pensar”.
Ángela dejó de respirar.
Sintió un estremecimiento que le subió desde el estómago hacialos ojos. Releyó la frase una, dos, tres veces. Una frase breve, es-
crita sin adornos, que sin embargo contenía un mundo entero:miedo, insilio, cuerpos marcados por la historia, valentía, silen-
cio… y una vida —tal vez la de su tío, o capaz, su padre— soste-
nida por una huida desesperada.Siguió leyendo.
Otro fragmento decía:
“Nos buscaron por lo que creíamos, no por lo que hicimos. Y en
esa lógica brutal, estar embarazada no fue una protección: fue una
amenaza más”.
Ángela sintió un nudo en la garganta. Nunca había escuchado
nada parecido. Ni una pista. Ni un relato. Nada. Presumía lo que
podía haberle pasado a su abuela y los hijos que tuvo en medio de
tantas escapadas del régimen militar, pero leerlo, con las palabras
de la abuela, con la imaginación en cada frase, era diferente.
Era como descubrir que debajo del suelo conocido había otra
capa, profunda, escondida, que explicaba todo lo que su abuela
callaba.Guardó los papeles con sumo cuidado, como si estuviera tocan-
do algo sagrado. El silencio de la madrugada era tan intenso quealcanzaba a oír su propio corazón.













