Aquella mañana se levantó sintiéndose lejano a todos, aunque
cercano al café, y se sentó a escribir como cada día lo hacía, tan lleno
de ideas, pero vacío en definitiva. La primera frase le gustó, la segunda
lo condujo a la tercera, y se extravió en un pensamiento; entonces una
lágrima, muy lenta, arrastrando momentos cayó por su mejilla.
Afuera estaba lloviendo y mucho; por dentro,él lo sentía,
también. El ventanal se empañaba acompañado por el aullido del
viento.《La vida es una paradoja, se siente tan aguda a veces 》,
pensaba observando una polilla casual y errática.
Bebió el café en una pausa prolongada; luego, restregó sus ojos y
pudo verla, dueña de esos hombros delicados, calmada e inexpresiva,
mirándolo detrás de la cortina de agua, otra vez. Cuando su corazón
dejó de latir, el electroshock del pan tostado quemándose lo volvió a la
vida para respirar melancolía.
ÉI podía sentir al mundo bullir en sus letras, dotar de almas a las
palabras, hasta podar su bonsái con certera precisión, pero jamás la
traería de vuelta, por más Neruda que cautive o Borges que elucubre;
por más Allende que inspire o Cortázar que se esfuerce. Seguiría
solitario y varado en los recuerdos como un cetáceo desorientado,
hasta que la plenamar del deceso lo arrastrara al azul del olvido.
Teclear en su máquina Olympia lo devolvía a sus años de
imprenta, quizás por eso aún la usaba.¿Cómo desprenderse de la
cáscara aquella? Sin dudas, la tecnología no tenía clemencia para con
él. Su último Best Seller se fue diluyendo en los años de los laureles
marchitos, mientras perseguía cual burro a la zanahoria, lo que alguna
vez fue. La gloria suele ser demasiado momentánea, tan vaporosa
como el alcohol con que se la festeja.
Entre pensamientos y sorbos de café, llegó a la cuarta frase de su
relato y se veía bien. Contaba la tímida historia de un hombre llegando
a su vejez, herido de remembranzas por un pasado que, de manera
furtiva, le había dado caza.
Un alma hecha granos de arena, cayendo por el embudo del
tiempo hacia un osario de letras. Un hombre cualquiera que alguna vez
tocó el cielo con sus historias, pero ahora, arañaba el fantasma de una
mujer sin articular palabra.
Un ser tan común como una hogaza de pan crujiendo en
complicidad con su silla.
《 ¿Será que aquel que repite el esquema de una novela sólo
revuelve en su esencia y se encharca?. Reflexionaba mientras
golpeaba el atado de veinte contra la mesa.
El cáncer le sugería que ya no fume, pero qué más da un Camel en la mañana, si la lluvia arrecia,
la historia va queriendo y parece salir de sus grises.
El ruido irregular de las teclas dialogaba con el silencio esponjoso
y aun, siendo un monólogo lento, valía la pena escucharlo.
El escritor dio una bocanada profunda, estrujó el kleenex y lo
arrojó al cesto.
Intentó volver su mirada hacia la cortina de agua, pero no pudo.
Estaba terriblemente seguro que ella seguía allí, estática y serena
observándolo…
Entonces, a través de un aro de humo, pasó la errática polilla
como en un planificado acto de circo.
Autor: Miguel Ángel Flores Manzo
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