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Historia de cómo empecé a leer y no pude parar.

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La historia comienza en la década de los 90. ¿Tengo que decirlo? No fue buena para muchísimos y menos para las chicas y chicos de clase baja. 

Mis padres a fuerza de gastar lo menos posible en cuestiones básicas y ahorrar en salidas, en juguetes, en ropa; a fuerza de guiso (¡noble comida! pero seamos sinceros, hasta la persona que más gusta del guiso se cansaría si tuviera que comerlo casi todos los días) y no tomar ni un colectivo pudieron darnos lo necesario para estudiar. 

Me crié sintiendo el ambiente opresivo, cómo algo definitivamente se iba pergeñando en el horizonte más próximo y se nos venía encima. Algo de la índole de las estructuras de sentimiento o  quizás una sensación más perceptible que con pocos años podía leer en los gestos serios, en los tonos casi de reproche, de miedo y desazón de la gente. Particularmente en mi padre que había sido muy pobre de chico y ahora veía que sus sueños de levantar cabeza iban a ser aplastados.

En ese ambiente los únicos respiros -para no pensar todo el tiempo en los grandes que cada vez se ponían más nerviosos-,  la única libertad para divertirme sin cuestionamientos me la dieron unos 4 0 5 libros de tapas amarillas de la colección Robin hood que leía y releía, sentada con mis gatos en el fondo de casa; otras veces con mis hermanos. Pasaba momentos increíbles entre las páginas con personajes tan grandiosos como Jo de Mujercitas -cuyo sueño de ser escritora sin dudas debe haber moldeado mucho mi mente- o Sandokán y su amigo Yáñez en tierras Malayas. 

Además estaban los cuentos que la seño de artística nos leía en la escuela mientras hacíamos la tarea como tantas otras docentes en jardín y primaria. Siempre me acuerdo de uno que nos contó sobre un hombrecito de gelatina y cuando llevó el libro “¡Socorro!” con letras rojas desparramadas que simulaban sangre y una ilustración de la criatura de Frankenstein -esto, que era la “criatura” de Frankenstein, lo sabría mucho más tarde -.

Así fui entrando en el paso hacia la adolescencia, ya cautivada por la poética de los Redondos y el rock inculcados por un tío, una vecina, amigos. Cada vez leía más, investigaba más y compartía lecturas, especialmente con mi hermana que fue una gran compañera de lecturas. Otros compañeros eran mi prima -hasta flasheábamos  que éramos grandes escritoras y nos envíabamos cartas escritas a mano- que obviamente también terminó estudiando Literatura; y mi primo con el que vivimos una gran semana épica de verano leyendo “La casa de los espíritus” y otras cositas que nos caían en las manos. Todo era buena lectura para nosotros, incluso esos libros que hoy son descarte en las mesas de saldo, y podía transformarse en algo que pasaba de la ficción a la realidad y generaba deseos que nunca antes habíamos tenido. Así, un día mi hermana sacó de la biblioteca “La rama Dorada” y se obsesionó tanto que terminó siendo antropóloga, 

Tuvimos nuestro período oscuro también y leímos los cuentos terroríficos de Poe y Lovecraft porque nos parecía lo más y nuestro período más latinoamericanista leyendo a Galeano. En fin, pasamos por todos los géneros y estilos. Leyendo entre primas, primos, vecinos y amigos de la escuela o el barrio.

Con la adolescencia empezó a hacerse más fluido ese tráfico fundamental para la cultura que es el préstamo de libros: influencias, ideas, conversaciones yendo y viniendo, y otra vez las sombras del contexto político, económico y social del país cerca del 2000. 

¿Podría salvarnos una vez más la literatura? Como todas las historias, ésta tiene más capítulos.

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