Hoy quería escribir —sin rodeos— sobre lo mal que tenemos la bocha en estos tiempos.
Y no hablo de una pelota: hablo de la cabeza, del ánimo colectivo, de esa sensación de
que algo se está rompiendo y nadie se detiene a mirar los pedazos.
No voy a fingir que soy especialista en salud mental. No lo soy. Pero no hace falta título
para darse cuenta de que estamos atravesando un desgaste profundo. Se respira en la
calle, en las redes, en la mesa familiar. Se siente.
Si quieren una aproximación a lo que nos está pasando, recomiendo el documental
“Qué le pasa a nuestra generación / Cómo ser feliz”, de Ofelia Fernández, disponible
en YouTube en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=d2JHtBoSxBg. No es un
diagnóstico clínico, pero sí una radiografía incómoda de este presente que nos traga día
a día.
Porque lo que más me preocupa —y debería preocuparnos a todos— es la violencia con
la que nos estamos manejando. Una violencia creciente, desbordada, casi celebrada. Y
lo más inquietante: parece diseñada para enfrentarnos entre nosotros.
Como si alguien hubiera decidido que la única manera de sobrevivir es odiar al de al
lado.
¿Eso logró la “batalla cultural”? ¿Dividirnos hasta que no quede nada en pie?
Hace tiempo que pienso que quizá ya no estemos viviendo en la sociedad que
imaginamos. Que nuestras utopías quedaron arrinconadas, que los sueños colectivos
fueron reemplazados por una mezquindad que se disfraza de “viveza” y por una
solidaridad que aparece solo cuando un desastre nos obliga a mirar más allá de nuestra
propia nariz.
Y no lo digo con resignación. Lo digo con bronca.
Porque la incertidumbre, la sospecha permanente, la hostilidad cotidiana no son
accidentes: son síntomas de un modelo que fractura, que agota, que rompe vínculos. Y
sí: me preocupa. Mucho.
Entonces pregunto —y me pregunto—:
¿vamos a aceptar que esta forma de vivir es la nueva normalidad?
¿Vamos a dejar que nos convenzan de que lo correcto es sobrevivir solos?
¿Vamos a quedarnos citando “todo tiempo pasado fue mejor” mientras dejamos que el
presente se pudra?
Yo no. Me niego.
Creo —todavía creo— que podemos construir una sociedad mejor. No esa solidaridad
esporádica que se activa solo cuando Bahía Blanca se inunda, sino una solidaridad real,
cotidiana, organizada. Una que se plante, que discuta, que no se deje arrinconar por el
miedo ni por la indiferencia.
Lo urgente es otra cosa:
¿qué más necesitamos para entender que estamos caminando hacia un punto de no
retorno?
Si no discutimos ahora qué sociedad queremos, si no debatimos qué significa la
felicidad del pueblo —esa frase que repetimos casi de memoria—, alguien más va a
decidir por nosotros. Y no nos va a gustar el resultado.
Así que sí: hablemos. Discutamos. Enfrentemos.
Pero sobre todo: no entreguemos la bocha.









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