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La sonrisa de Gardel

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Unas repugnantes moscas revoloteaban sobre la torta de
cumpleañios de la hermana de Juancito. Su madre y sus tias parecian
no darse por enteradas de situacion tan incómoda. Estaban en otra,
fascinadas con la presencia de un joven y “fachero” cantante de
tangos.
Resultaba muy llamativo que en la fiesta por los 15 años de una
chica que se la pasaba todo el dia escuchando cumbia y reguetón se
presentase un show tanguero. Quizás fue una imposición del padre,o
quizás un capricho transgresor de la jovencita, vaya uno a saber; lo
cierto es que el tipo tenía la pinta de Gardel, cantaba como Gardel y,
como si fuese poco, itenía la sonrisa de Gardel!
Los espectadores quedaron instantáneamente hipnotizados y el
patio de la casa se transformó velozmente en una pista de baile donde
las parejas danzaban mágicamente con la voz y la melodia que
emanaban de aquel morocho del Abasto.
Era un patio amplio el que tenían los Miranda y con la llegada de
más vecinos e invitados la fiesta pareció alcanzar su punto más alto. No
obstante algo cambió cuando, sin querer, Juancito y yo, en una de
nuestras tantas correrias por el lugar, nos tropezamos con el estuche
de la guitarra del cantante de tangos.Éste se abrió y sin poder detener
nuestra caída, terminamos aplastando unos pequeños idolos que eran

la representacion en miniatura de la familia Miranda, Juancito
incluido.
Lo que siguió después fue como si el mismo diablo se hubiesen
presentado en el lugar. Una imagen sobrevino a la otra y todos
observaron aterrados como la sonrisa de Gardel dio paso a un gutural
alarido de bronca:
-¡Malditos mocosos!
Nos gritó mientras teníamos la impresión que nos iba a derretir
con la mirada.
De su boca, moscas y más moscas comenzaron a salir y cubrieron
a toda persona y objeto del lugar. De la nada, un fuertisimo viento y
espeluznantes relámpagos presagiaban una tormenta. Gracias a Dios
una de las rafagas de ese viento huracanado se llevó consigo al
impostor de Carlitos. Si, asi de fugaz apareció y asi se fue. Nunca se
supo quién lo había contratado, pero los Miranda conservan bajo siete
llaves su guitarra, como un recordatorio de que el mal siempre busca
las maneras más insolitas de hacerse presente entre nosotros.

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Autor: Carlos Eduardo Díaz

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