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Ámbar, la niña que aprendió a guardar sus sueño

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Laura J. Felker comenzó a escribir la saga de “Ámbar, el dragón y el rubí” cuando tenía solamente 14 años. Lo hizo para no olvidar los sueños cargados de tramas que la visitaban durante la noche. Con el tiempo entendió que, detrás de aquel mundo fantástico, también estaba construyendo un refugio frente a la violencia, las ausencias y la necesidad de encontrar una identidad propia. Hay historias que nacen de una idea. Otras, de una imagen. La de Laura J. Felker empezó mientras dormía. A los 14 años, la joven escritora comenzó a registrar aquellos sueños llenos de personajes, paisajes y conflictos que aparecían con una intensidad difícil de retener. Escribir era, entonces, una forma de impedir que se borraran al despertar. Una manera de conservar esas escenas antes de que la memoria las desarmara. — Suelo tener sueños con muchísima trama — cuenta —. Era la única forma de que no se me olvidaran. Así nació el universo de Ámbar. No como un proyecto ordenado ni como una saga planificada, sino como una sucesión de imágenes que pedían ser escritas. Durante los meses siguientes, hasta cumplir los 15, aquella historia fue cobrando vida propia. Al principio, Laura no creía estar escribiendo sobre sí misma. Ámbar era un personaje, y Unamilum, el territorio donde transcurrían sus aventuras, parecía pertenecer únicamente a la fantasía. Sin embargo, con los años, la autora pudo mirar hacia atrás y reconocer en ella algo que en la adolescencia todavía no podía nombrar, que era aquel mundo imaginario donde había sido un refugio. Un lugar seguro al que podía escapar de situaciones violentas vividas durante esa etapa. Un espacio alternativo, distante de aquello que dolía. La constante de irse de un lugar a otro, lo que atravesaba la historia, terminó revelándose como un deseo íntimo, la necesidad de alejarse, de encontrar otro sitio donde respirar. Seguir. Como ocurre muchas veces con la literatura, el sentido apareció después. Primero estuvo la escritura. Luego, la vida le devolvió las claves. Perderlo todo y volver a empezar En una primera versión, Laura había escrito unas 200 páginas. Todavía no existía el nombre definitivo del libro ni estaba trazada la estructura de la historia. Solo estaban Ámbar, sus circunstancias y ese mundo que crecía sin pedir permiso. Pero el archivo se perdió. La pérdida trajo desilusión y silencio. Laura dejó de escribir durante un tiempo. Entonces apareció “El Hobbit”, de J. R. R. Tolkien. Lo eligió, como solía elegir sus lecturas, por la portada, el título y la descripción. En ese momento no sabía quién era el autor. Cuando terminó el libro, fue hasta las últimas páginas para buscar otros títulos del mismo escritor. Allí descubrió que quien había escrito “El Hobbit” también era el autor de “El señor de los anillos”, la trilogía que ella veía en VHS en el comedor de su casa, fascinada por sus gráficos y paisajes. Ese descubrimiento funcionó como una señal. Si una historia aparentemente pequeña podía contener el germen de un universo mucho más amplio, quizás Ámbar también podía crecer. Quizás la pérdida de aquellas 200 páginas no significaba el final, sino la posibilidad de volver a imaginarlo todo. — Si en este libro apenas se notaba el poder de ese anillo y luego hizo una trilogía, ya podría inspirarse para hacer mucho más que un solo libro con Ámbar y todo lo que alrededor orbitaba — pensó. Fue entonces cuando creó el nombre de la saga y armó, en su cabeza, los cinco libros que compondrían ese universo. La historia ya no era solamente una novela. Se había convertido en un territorio fantastico. Escribir para no olvidarse Laura escribe porque en las letras encuentra una forma de expresión en la que se siente cómoda. Tiene mucho en la cabeza, dice, y cada vez que escribe siente que puede conservar una parte de sí misma. La escritura aparece como una memoria viva. Un modo de dejar registro de lo que imagina, de lo que siente y también de lo que ha vivido. No se trata únicamente de contar una historia, sino de evitar que algo propio desaparezca. — Me gusta poder compartir mi mundo, mi imaginación o mi vida a través de las letras. Aunque se reconoce cercana a distintas formas del arte, es en la escritura donde encuentra su lugar más seguro. Allí puede ordenar el caos, convertir las imágenes en palabras y transformar los sueños en escenas que otros también pueden recorrer. Ámbar, en ese sentido, no es solo una protagonista fantástica. Es una joven que busca saber quién es. Una identidad que no se define únicamente por la sangre ni por la presencia o ausencia de los padres. La pregunta central pasa por el amor, por la necesidad de ser amado más allá de las expectativas ajenas, más allá de los gustos, las ideas o aquello que otros esperan que uno sea. La ausencia, en la historia, no siempre ocurre cuando alguien se va. A veces se siente con más fuerza cuando la persona está ahí, delante de los ojos, pero no puede vernos. Cuando uno se siente invisible dentro de su propia familia. Ámbar intenta irse lejos, sacrificarse, cumplir con aquello que cree necesario para que, finalmente, sus padres la amen. Pero el tiempo también se vuelve una frontera. Al crecer, descubre que esa oportunidad parece terminarse. Que cumplir 18 años puede traer una certeza dolorosa, ya no es prioridad. — Los hijos no deberíamos perseguir nuestro pasado — reflexiona Laura —. Deberíamos buscar nuestro camino. Ese camino comienza a aparecer con mayor claridad en el segundo libro, cuando Ámbar empieza a conocerse. Ya no se trata solamente de escapar o de obtener la aprobación de quienes no pudieron verla. Se trata de descubrir quién es cuando deja de correr detrás de una respuesta que quizás nunca llegue. La biblioteca como impulso La saga no nació inspirada en una persona concreta. Sin embargo, hubo quienes ayudaron a que Laura no abandonara el proyecto. Una de ellas fue la bibliotecaria de su escuela secundaria. Laura pasaba mucho tiempo en la biblioteca y, en algún momento, le habló de sus escritos. Aquella conversación quedó como una motivación para terminar la historia y llevarla más allá de los cuadernos, los archivos y las páginas guardadas en secreto. A veces, una obra también se construye con esos pequeños gestos, alguien que escucha, alguien que pregunta, alguien que sostiene la posibilidad de que exista una historia. Por eso, cuando visita colegios y lee su libro frente a los estudiantes, Laura no solo presenta una novela. También abre una puerta. Le gusta ver cómo los chicos se entusiasman, cómo quieren adelantarse y buscar el libro en la biblioteca, cómo empiezan a hacer preguntas. Le interesa, sobre todo, acercarlos a la lectura y mostrarles que detrás de una historia hay una autora viva, presente, dispuesta a conversar. Muchos niños de primaria creen que los escritores están muertos. Encontrarse con una autora, escucharla leer y poder preguntarle cómo creó sus personajes es, para Laura, una experiencia enorme. En esos encuentros, la literatura deja de ser algo lejano. El libro ya no aparece como un objeto cerrado, colocado en un estante, sino como una conversación posible. Como un mundo al que se puede entrar y del que también se puede salir con nuevas preguntas. Ámbar nació de los sueños de una adolescente que quería retener sus historias antes de olvidarlas. Creció después de una pérdida, alimentada por la lectura y la imaginación. Y con el tiempo reveló algo más profundo, que a veces la fantasía no es una fuga de la realidad, sino la manera que encuentra una persona para sobrevivir, entenderla y finalmente buscar su propio camino. Porque hay mundos que se inventan para escapar. Y hay otros que, una vez escritos, nos enseñan a volver.

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