A comienzos del siglo XX, la cotidianeidad del pueblo combinaba el ritmo apacible de la zona sur con transformaciones que aceleraban el pulso local. Entre el ir y venir de los vecinos hacia las carreras de ciclismo en el camino a la Ribera, las jornadas de remo en la costa y los avances del telégrafo provincial o la Escuela Normal, el deporte comenzaba a ocupar un lugar de representación identitaria. Pero sostener esa pasión popular en el torneo oficial exigía algo más que juego en las canchas: demandaba una dirigencia criolla dispuesta a plantarse en los escritorios del fútbol organizado.

Durante ese período en los torneos de ascenso, la autoridad del fútbol oficial en la Argentine Football Association permanecía bajo el estricto control de una cúpula británica. Fue en ese marco cuando un disputado encuentro entre Alumni III y el novel Racing Club, en la cancha de la calle O’Gorman, terminó con incidentes luego de que un grupo de muchachos arrojara cascotes sobre el techo de la casilla del predio. La denuncia ante la asociación fue inmediata, y el consejo directivo —caracterizado por su extrema rigidez— aconsejó la medida más drástica: la expulsión inmediata y sin contemplaciones del equipo de Avellaneda.

Frente a la inminente desafectación, los dirigentes de Argentino de Quilmes, con José Eduardo López e Isidoro Iriarte a la cabeza, decidieron no quedarse de brazos cruzados. Impulsados por la solidaridad entre instituciones criollas frente a una liga dominada por la cúpula británica, hicieron valer su peso institucional y su capacidad diplomática para exigir el libre de culpa y cargo para el conjunto de Avellaneda. Tras intensas gestiones en los escritorios, lograron dar marcha atrás con la resolución y evitar que Racing quedará marginada para siempre del fútbol oficial.


Aquella firme intervención no solo salvó de la extinción al equipo que años más tarde se convertiría en el primer campeón criollo, sino que forjó una alianza de gratitud y fraternidad duradera entre ambas dirigencias. En una etapa donde Argentino de Quilmes disputaba sus partidos en la cancha del Tambo La Esperanza, en la zona de Las Rosas (terrenos de Ugarriza) —pudiendo contar con el campo del Quilmes Athletic Club gracias a la buena predisposición de Jordan, la figura más cercana del grupo británico, cuando se trataba de un encuentro de mayor trascendencia—, el respaldo mutuo fortaleció la representatividad de las instituciones locales. Con el respeto ganado dentro y fuera de la cancha, la institución mate consolidó el camino institucional que la llevaría, en 1906, a conquistar su histórico ascenso a la Primera División.
Te esperamos el próximo martes.
Investigación e información histórica: Piru Cioccale
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