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El quiebre, la caída y el nacimiento de una resistencia

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Historia del Peronismo (1946–1955)

El año 1955 no fue un año más en la historia argentina. Fue el punto de ruptura. Todo lo que se había construido desde 1946 —las conquistas sociales, la identidad política, el vínculo emocional entre el pueblo y el liderazgo— entró en una zona de máxima tensión. El segundo gobierno de Juan Domingo Perón llegaba a su momento más crítico.
El conflicto con sectores opositores ya no era solo discursivo: se había vuelto abierto, directo, peligroso. La relación con la Iglesia, deteriorada desde años anteriores, se transforma en enfrentamiento explícito. Procesiones, discursos, medidas políticas y contramedidas van escalando en intensidad. La sociedad argentina estaba profundamente dividida.
El 16 de junio de 1955 ocurre uno de los episodios más dramáticos y violentos de la historia nacional: el Bombardeo de Plaza de Mayo. Aviones de la Marina bombardean la Plaza de Mayo en un intento de asesinar a Perón y provocar un levantamiento. Pero las bombas no caen sobre un objetivo militar: caen sobre civiles. Mueren cientos de personas. Es un hecho brutal que deja una marca imborrable.
Para muchos historiadores, entre ellos Norberto Galasso, este acontecimiento simboliza el nivel extremo al que había llegado el conflicto político. Ya no se trataba de una disputa institucional: era una lucha por el poder en la que algunos sectores estaban dispuestos a todo.
El gobierno responde, pero el clima ya es irreversible. Las tensiones internas en las Fuerzas Armadas crecen, y distintos sectores comienzan a organizar un golpe de Estado. El 16 de septiembre de 1955, finalmente, se produce el levantamiento que derroca a Perón. Este proceso será conocido como la Revolución Libertadora.
Perón se ve obligado a abandonar el país. Comienza su largo exilio. Pero lo que cae no es solo un presidente: es un proyecto político que había transformado la estructura social argentina. O, al menos, eso intentan quienes toman el poder.
El nuevo régimen no se limita a reemplazar al gobierno: busca borrar al peronismo de la vida pública. Se prohíben sus símbolos, sus nombres, sus canciones. Mencionar a Perón o a Eva Perón puede ser motivo de sanción. Se intervienen sindicatos, se persigue a militantes, se intenta desarticular esa identidad colectiva que había emergido con tanta fuerza.
Sin embargo, ocurre algo que quizás no estaba en los cálculos de quienes impulsaron el golpe: el peronismo no desaparece. Se transforma. Pasa de ser gobierno a ser resistencia.
Como plantea Roberto Elizalde, en este momento nace una nueva etapa del peronismo: la del mito, la memoria y la lucha desde abajo. En fábricas, barrios y hogares, la identidad peronista se mantiene viva, muchas veces en silencio, otras veces en actos de resistencia abierta.
Para los sectores populares, lo perdido no era solo un liderazgo político, sino un conjunto de derechos, de reconocimiento, de dignidad. Y esa experiencia no podía simplemente borrarse.
Para entender esto hoy, especialmente desde una mirada joven, hay que pensar en algo clave: el peronismo no fue solo un período histórico, fue —y es— una experiencia emocional colectiva. Por eso, incluso en la prohibición, siguió existiendo.
Entre 1946 y 1955, la Argentina vivió una de sus etapas más intensas: ascenso social, ampliación de derechos, conflictos profundos, violencia política y, finalmente, una ruptura institucional. Pero también, en ese mismo proceso, se gestó una identidad política que sobrevivió a todo.

El peronismo, después de 1955, ya no sería solo un gobierno. Sería una causa.
Y como toda causa que nace de la historia y de la emoción de un pueblo, no se apaga fácilmente.

Cristian Gonzalez-Allerbon

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