Historia del Peronismo (1946–1955)
Hablar del peronismo es hablar de una transformación profunda, de esas que no solo cambian gobiernos, sino también la manera en que un pueblo se piensa a sí mismo. En 1946, cuando Juan Domingo Perón asume la presidencia de la Argentina, no llega solo: detrás de él hay una nueva conciencia social que venía gestándose desde años antes, especialmente a partir del impacto del golpe de 1943 y la emergencia de los trabajadores como fuerza política organizada.
Para comprender este momento, es sumamente importante mirar más allá de la superficie institucional. La Argentina previa a Perón era un país profundamente desigual: una élite concentraba el poder económico y político, mientras amplios sectores populares —obreros, migrantes internos, mujeres— permanecían marginados. En ese contexto, Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, comienza a construir algo inédito: un vínculo directo entre el Estado y los trabajadores.
Ese vínculo no era meramente administrativo; era emocional, simbólico. Por primera vez, millones de argentinos se sintieron vistos. Se establecieron derechos laborales concretos: aguinaldo, vacaciones pagas, convenios colectivos. Pero más importante aún, se instaló una idea poderosa: la dignidad del trabajo como base de la justicia social.
La jornada del 17 de octubre de 1945 —aunque previa a su presidencia— marca el verdadero nacimiento del peronismo. Ese día, una multitud obrera irrumpe en la escena política para exigir la liberación de Perón. No fue un acto dirigido desde arriba, sino una movilización espontánea que cambió para siempre la historia argentina. Como señala Roberto Elizalde, allí nace una identidad colectiva: el “pueblo peronista”.
Cuando Perón gana las elecciones de 1946, lo hace con ese respaldo popular. Su gobierno se plantea tres banderas fundamentales: justicia social, independencia económica y soberanía política. Estas no eran consignas vacías; eran un programa de transformación estructural.
En lo económico, el Estado comienza a intervenir activamente: nacionalización de los ferrocarriles, del Banco Central, de servicios estratégicos. La idea era clara: recuperar el control de los recursos nacionales para ponerlos al servicio del desarrollo interno. En lo social, se profundizan las políticas de inclusión, ampliando derechos y fortaleciendo sindicatos.
Y en este proceso, emerge una figura clave, imposible de separar del fenómeno peronista: Eva Perón. Evita no solo acompaña a Perón; encarna la dimensión más humana y emocional del movimiento. A través de su acción en la Fundación Eva Perón, canaliza ayuda directa a los sectores más vulnerables, generando una conexión afectiva sin precedentes con el pueblo.
Pero este proceso no estuvo exento de tensiones. Desde el inicio, el peronismo genera resistencias en sectores tradicionales: la oligarquía, parte de la clase media, sectores de la prensa y la Iglesia. Para ellos, el avance de los trabajadores y el protagonismo popular representaban una amenaza al orden establecido.
Así, el primer gobierno de Perón no solo inaugura una nueva etapa política, sino también una grieta profunda en la sociedad argentina. Una grieta que no es meramente ideológica, sino también cultural y emocional: dos formas de entender el país comienzan a enfrentarse.
Esta es la semilla del peronismo: un movimiento que no puede explicarse solo con datos, sino con pasiones, lealtades y conflictos.
En la siguiente parte, veremos cómo este proyecto se consolida, se radicaliza y comienza a mostrar tanto sus logros más impactantes como sus primeras contradicciones.
Cristian Gonzalez-Allerbon Prof. de historia






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