de Mauro Gaglianoni
A medida que nos ibamos adentrando, el bosque, se volvía cada
vez más estrecho y vivo, como si toda su vegetación nos acechara,
En un momento, el cielo había desaparecido, y en su lugar había
un techo grueso compuesto de hojas negras y apelmazadas, un
olor a humedad y carne podrida se hizo presente, y el sabueso de
Angus dejó de correr y olisquear para comenzar a gruñir. Angus,
me hizo un gesto con la mano, para que frene y me esconda detrás
un matorral junto a él. Mi corazón latía fuerte y un sudor frio me
recorria el rostro y mojaba el cuello de mi sotana. Angus asomo
la cabeza ligeramente por arriba del arbusto, yo lo seguí, y en ese
preciso instante lo vi. Una suerte de ser cuadrupedo, cubierto de
un pelaje tan espeso como el mismo bosque, pero que parecia fino
y sedoso; con una cabeza alargada, al igual que la de un caballo
y un solo cuerno similar al de un toro, se hizo presente en aquel
lugar. La criatura sacudió su cabeza y paró sus orejas puntiagudas,
parecidas a las de un lobo. Luego, produjo, un sonido atroz. EI
ser, se anunció con la potencia de un cuerno de batalla, el sonido
que este emitía, no era de ningún animal al que haya escuchado
antes, se asemejaba a un instrumento de viento mezclado con los
gorgoteos de un ave muy grande, algo casi indescriptible, que me
hizo erizar los pelos del cuerpo. Mi estado de alerta era tan fuerte,
que no me dejaba moverme de aquel matorral.

ilustración por Melisa Andrea González













