de Guillermo “William” Hernández.
Me desperté sobresaltado. Tuve una pequeña pesadilla donde era
secuestrado por unos duendes. Ellos me arrastraban por un extenso
bosque y me llevaban hasta una hoguera. Me amarraban a una estaca y me
colgaban sobre las llamas. Sentía el calor, el humo metiéndose en mi piel
y como poco a poco se quemaba mi carne. Mis captores eran enanos,
llevaban vendas en los ojos e iban completamente desnudos. Algunos
tenían erecciones y se relamían enfrente de mí. Sentí ese sueño bastante
familiar, hasta el punto en el que podría afirmar que llevaba años
soñándolo, pero cada vez que lo hacía se sentía nuevo.
Me retiraron del fuego y clavaron la estaca a un lado de la mesa. En
ella estaba sentado un conejo humanoide, que sostenía un reloj de bolsillo
dorado que observó hasta dirigir su atención hacia mí. Cuanto más lo
miraba, su cuerpo más parecía un hórrido disfraz; ojos falsos, mal
pegados; boca sucia, con saliva cayendo de un lado; y su pelaje,
completamente sucio y gastado.
—Tic tac es hora de tomar el té —me dijo, mientras a sus espaldas
podía ver los cuerpos de niños atados y con los ojos vendados, los cuales
apilaban como si se tratasen de bolsas de basura. Sucios, algunos siquiera
se movían; otros dejaban salir gemidos pequeños que se escapaba de sus
pulmones. Pero noté que entre ellos estaba… Claudia.
…
Al abrir los ojos contemplé el perfecto cielo raso, y el marrón del
barniz. Observé el reloj y marcaba las 05:40. El sol matutino de verano se
asomaba por la ventana acariciando mi rostro.
“20 minutos antes”, pensé. Me levanté lentamente y me dirigí al
baño a lavar mi cara. Luego de cepillarme los dientes fui a la cocina y
comencé a preparar el desayuno. No hay nada como tener tu día
perfectamente planeado y levantarse antes para hacer las cosas más
tranquilo. Al mirar el reloj marcar las 05:59, decidí levantar a mi hija
Claudia justo cuando la alarma sonara. Y nada como la sorpresa del
desayuno en la cama para un largo día en el secundario.
47, 48, 49. Tomé la bandeja preparada.
50, 51, 52. Me dirigí a la puerta.
53, 54, 55, 56. Puse la mano en el picaporte.
57, 58, 59. Abrí la puerta y…
—¡A LEVANTARSE HERMOSA! —La alarma
sonaba, pero la cama estaba vacía, perfectamente hecha, incluso hasta
para que ella lo hubiera hecho. Como si nunca se hubiera acostado.
“Habrá ido al baño”, pensé. Pero al revisar no estaba. El ruido de la
alarma seguía sonando. Vivíamos en un departamento, no había muchos
lugares para esconderse. Un vacío se generó en mi estómago. Fui a ver la
puerta, pero estaba cerrada y ambas llaves en el llavero. Un frío
insoportable recorrió mi espalda y la parte derecha de mi mejilla. La
busqué en el placar, bajo su cama, bajo la mía, pero no estaba.
“Es una niña, solo tiene 13 años”, pensé. Agarré el teléfono y
marqué, 9, 1…
Pero me detuve al ver una pequeña nota en el refrigerador. No
recordaba haberla puesto. Me acerqué para verla, estaba escrita a mano y
con una letra elegante incluso para mi hija, pero parecía tan artificial.
Tuve que sostenerme de la pared para no desplomarme en el suelo. El frío
en mi espalda desapareció, el vacío se hizo tan grande como para
consumirme, o consumir toda la casa si quisiera. La alarma enmudeció, o
quizás fui yo el que dejó de escucharla.
“Tic tac, Llegas tarde para tomar el té”.















