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El terror de sentirse perseguida

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Las manos le sudaban. No sabía cómo calmarse. Estaba en

el centro, a media cuadra del correo. No podía bajar la ve-
locidad de los latidos de su corazón, esas palabras habían

tenido la contundencia de un disparo certero.

Los minutos corrían, y Ángela seguía como paralizada. Las per-
sonas que pasaban caminando la observaban con extrañeza.

Juntó valor y siguió caminando hasta el correo.

Entró mirando para todos lados, esperando no encontrarse a na-
die parecido a ese extraño señor. Sus sistemas de alerta se habían

activado, todo lo que había absorbido en estos últimos meses le
traían pensamientos repletos de miedo y angustia.

Le toca el turno de pasar con el agente del correo. Entrega el so-
bre, paga las estampillas, saluda al empleado y se retira, mirando

a su alrededor.
Afuera, en la multitud, el corazón volvió a acelerarse. Se sentía
expuesta nuevamente.
Le manda un mensaje a su amiga Azul.

—Hola. Necesito verte. ¿Dónde estás?
—Hola, Ange. En la biblioteca. ¿Qué pasó? ¿Necesitás que vaya?
Ange desesperada, le dice: —Voy para allá, esperame ahí.
—Dale. No me asustes. Te espero acá.
Eran pocas cuadras hasta la biblioteca, así que decidió apurar el
paso.
La cara pálida y los labios de color violeta de Ange alertaron a su

amiga, quien de un salto se levantó del escritorio donde estudia-
ba y fue directo a abrazarla.

—Contame. ¿Qué pasó?
—No sé bien cómo explicarte, siento que alguien me ha estado
observando, viendo mis movimientos, me sentí perseguida en el
colectivo —se la nota alterada, Azul le agarra fuerte las manos y
detiene su relato.
—Despacio, con calma. Ordená las palabras y empezá de vuelta,

estás conmigo, estás a salvo ahora, respirá profundo y contá has-
ta diez —Azul la acompaña en la respiración para transmitirle

más calma—. Ahora sí, de a poco, contame, ¿qué pasó?
—Bueno, iba al correo, y en la parada del colectivo se acerca un
señor que no había visto nunca, con una mirada inquisidora y
sombría. Me saludó, y respondí el saludo normalmente. Subimos
al colectivo, había muchos lugares donde sentarse, pero eligió

justo el asiento detrás del mío. Sentí frío. Sentí su mirada clava-
da en mi espalda. Fueron quince minutos de viaje en los que la

incomodidad se apoderaba del espacio, no me animaba siquiera

a mirar hacia atrás. Y justo cuando estoy bajándome, en ese pre-
ciso momento, pronuncia mi nombre.

—¿Tu nombre? ¿Cómo puede ser?

—¡Sí! No puedo creerlo. Tengo miedo. Tendrá algo que ver con

todo esto. Zuni me manda cartas, quizás saben algo de estos en-
víos de las historias. No sé qué pensar.

—Ay, te entiendo completamente. No vuelvas a tu casa hoy. Vení
a casa, ¿te parece?
—Sí, lo necesito. Antes tengo que llamar a mi abuela. Tengo que
contarle esto. Si tiene relación con su pasado, no puedo callarlo,
tiene que saber.
Azul levantó todos sus libros y apuntes de la biblioteca, los cargó
en su mochila y salieron para su casa.

Zuni y Jacqui se encontraban nuevamente reunidas y trabajan-
do sobre una nueva carta para enviarle a Ángela. Jacqui la nota

bastante preocupada a su amiga, nerviosa, se estaba fumando su
tercer cigarrillo en tan sólo dos horas, eso la alertó.

—¿Me vas a contar en qué estás pensando? ¿O seguimos hacien-
do como si nada pasara?

—Me resulta muy difícil esconderte algo a vos, me conocés bas-
tante, ya.

—Bueno, dale, entonces largá, che, que me preocupo.

—Son varias cosas —dijo Zuni, y la frase le salió como si tuvie-
ra que abrirse paso entre un camino lleno de espinas—. Por un

lado, me da pena Ange, siento que a medida que lee estas cartas,
su humanidad se va volviendo cada vez más rígida, menos libre,
más pesada. Como si la historia, esa historia que ahora la habita,
le estuviera ocupando el cuerpo.
—Claro, Zuni —le responde Jacqui tomándole la mano, como
gesto de cariño y contención, como brindándole un punto de

apoyo en medio de un temblor—, la estás haciendo madurar a
pasos agigantados respecto de la historia de nuestro país.
Zuni agarró un vaso de agua, necesitaba humedecer su boca,
sentía como si hubiera tragado cenizas, sentía la amargura de la

historia. Mientras, Jacqui apretó apenas los dedos de Zuni, bus-
cando impedir que se desarmara.

—Es una de las consecuencias —continuó—. Cuando tomamos
conciencia de las atrocidades que se cometieron en nombre de
ideas, de banderas, de órdenes, se nos cae algo adentro. Vamos
perdiendo un poco la inocencia. Y con esa inocencia… se van
muchas ilusiones, sueños y libertades.

Zuni bajó la mirada. En ese instante entendió que Jacqui no in-
tentaba consolarla; la acompañaba en el dolor. Porque hay verda-
des que no se alivian: se atraviesan. Y se atraviesan mejor cuando

alguien te sostiene la mano para recordarte que todavía estás acá.
—¿Y las otras cosas? ¿Querés contarme qué más te preocupa,
Zuni?
—Capaz sea por revivir toda esta historia otra vez… —Zuni dejó

la frase colgando un segundo, como si le pesara—, me estoy vol-
viendo a sentir observada. Es raro, ¿viste? Esos sistemas de alerta

nunca desaparecen. Se quedan viviendo en uno, como un animal
dormido que abre un ojo apenas escucha un ruido. Y entonces
estás atenta a todo: a miradas raras, a cuerpos fuera de lugar, a

presencias que no encajan. Como cuando mirás una pintura per-
fecta y, de pronto, algo no corresponde, un detalle mínimo, una

sombra en el lugar equivocado, y ya no podés dejar de observar.
Jacqui se inclinó apenas hacia ella, sin invadirla, acercándose lo
suficiente como para que Zuni sintiera que no estaba sola en ese
pensamiento.

—Entiendo, ¿qué viste? ¿o qué sentiste?

Zuni respiró profundo. No era miedo puro; era un miedo anti-
guo, entrenado. Un miedo que no grita: vigila.

—Iba a comprar al supermercado —empezó—. Y lo vi. Un señor
de mi edad, más o menos. De traje. Raro. Parado en el pasillo de
los cereales, mirando las góndolas, pero se lo veía sin intención
de comprar nada. Como si todo fuera parte de un simulacro.
Como si estuviera actuando el papel de cliente, sin serlo.
Hizo una pausa, y en la pausa se le tensaron los hombros, como
si el recuerdo le apretara los músculos desde adentro.

—Conozco esa forma —agregó, casi en un murmullo—. La co-
nozco porque la vi antes. No en ese supermercado, claro… en

otro tiempo. En otra vida. Me llamó la atención y me mantuve
pendiente todo el tiempo. Como si una parte de mí ya supiera

que tenía que hacerlo. Cuando terminé de elegir todo lo que ne-
cesitaba, fui hacia la caja —continuó—. Y él también fue. Se puso

detrás mío.

Zuni levantó la vista, y por un instante en sus ojos pasó esa certe-
za helada que no necesita pruebas para sentirse real.

—Ahí lo noté —dijo—. En sus manos sólo llevaba un producto.
Uno sólo. Como si lo único que necesitara comprar fuera… el
derecho a estar ahí. Cerca. Detrás. Observando.

Jacqui exhaló despacio. No le discutió el miedo; lo rodeó con cui-
dado, como se rodea una herida para limpiarla sin abrirla más.

—Zuni —murmuró—. Capaz…, capaz la sugestión te está jugan-
do una mala pasada. Venís leyendo, recordando, removiendo.

Cuando una vuelve a caminar por esos pasillos interiores, cual-
quier sombra parece una persecución. A veces la cabeza busca

patrones, señales para confirmar lo que teme.

Zuni apretó la mandíbula. No con enojo. Con esa firmeza de
quien ya aprendió a no dejarse convencer por la comodidad.

—Lo pensé —admitió—. Me lo dije a mí misma: estás sugestio-
nada, estás cansada, estás reviviendo. Hay un detalle, Jacqui. Un

detalle que no me cierra.

Se inclinó hacia adelante, como si bajara la voz para que el re-
cuerdo no la oyera.

—Ese producto…, ese producto no era de la góndola de cereales.
Él estaba ahí, observando como si mirara, pero no eligió nada.
Lo agarró recién al llegar a la línea de cajas. ¿Sabés qué era? Una
golosina infantil. De esas que están al alcance de la mano, para
que los chicos las pidan y los grandes cedan.
Zuni levantó los ojos, y la mirada se le volvió más nítida, más
afilada.

—Como si se hubiera dado cuenta de que yo ya me iba —conti-
nuó— y, apurado, hubiera agarrado lo primero que vio. Sin repa-
rar en que yo lo venía observando desde antes.

Las dos se quedaron un rato en silencio. El miedo atravesó sus
cuerpos. Un miedo conocido. Un miedo antiguo.
Luego de unos minutos sonó su celular. Era Ángela.
—Abue, necesito hablar con vos de algo que me pasó hoy. Creo
que… creo que me están siguiendo.
Zuni se quedó en silencio. El pasado volvía a ser presente.

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