No pudo volver a dormir, aunque quisiera.
Se quedó en el sillón, enrollada en una manta, mirando hacia la puerta del pasillo,esperando escuchar el primer ruido que indicara que Zuni estaba despierta.
Quería preguntarle todo: por qué escapó,
quién la perseguía,
cómo fue ese miedo, qué lugar ocupaba su padre en esa historia.
Pero más que nada, quería saber por qué jamás se lo había
contado.
La madrugada pasó lenta, como si el tiempo también leyera lo
que ella había encontrado.Cuando finalmente escuchó el crujido de la cama de Zuni, Ángela se incorporó de golpe.
Tenía el pulso acelerado, los papeles escondidos entre sus manos y una
urgencia que le quemaba en el pecho.
Esa mañana, por primera vez, sentía que estaba a punto de cono-
cer algo que su abuela nunca le había contado.
Zunilda se despertó temprano, como siempre. El cuerpo, a esa altura de la vida, ya tenía sus propias alarmas.Se incorporó despacio, se puso las pantuflas, y antes de salir de la pieza, se recogió
el pelo en la trenza de todos los días. El sol apenas se filtraba por
la ventana, dibujando una franja pálida en el pasillo.
La casa tenía esa quietud espesa de las primeras horas.
Cuando llegó al living, la vio.
Ángela, sentada en el sillón, envuelta en una manta, con los ojosabiertos de par en par. Tenía sobre las piernas unos papeles prolijamente apilados.
No era la cara de alguien que no había podido
dormir por un simple insomnio. Era otra cosa. Una mezcla de
desvelo y revelación.
—¿No dormiste nada? —preguntó Zuni, acercándose con una
sonrisa cansada.
Ángela tardó un segundo en responder.
—Me despertaron tus ronquidos, abue —intentó bromear—. Son
un arma de destrucción masiva.
Zuni soltó una risa breve.
—Bueno, disculpame, a esta edad una tiene pocos vicios. Dejame
el ronquido, aunque sea.
Se detuvo al lado del sillón, y entonces reparó en los papeles. La
tinta vieja, la letra inclinada, el orden del montón. Reconoció
todo en un golpe.
La mirada de Zuni cambió. No fue enojo. Tampoco alivio. Fue
más bien una especie de desamparo descubierto.
—¿Estuviste revolviendo la biblioteca? —preguntó, suave.
Ángela tragó saliva.
—No quería… —empezó—. No sé cómo decirte… buscaba algo
para leer… y encontré esto.
Le tendió el pequeño fajo, sin soltarlo del todo. Zuni lo tomó con
cuidado, como si estuviera recibiendo una caja frágil.
—Leí un poco —dijo Ángela, bajando la voz—. Esa frase… la de
cuando escapaste embarazada…
Se le quebró apenas el tono.Zuni cerró los ojos un instante. Inspiró hondo. Parecía que, al ex-
halar, salían años de silencio, como si expulsara una carga pesada.Está bien —respondió, al fin—. Fue escrito para que alguien lo
leyera algún día. Supongo que ese día llegó.
Se sentó frente a ella, en la otra punta del sillón. No se tocaban, el
aire entre las dos se percibía filoso.
—Abue… —dijo Ángela—. ¿Por qué nunca me contaste?Zuni la miró largo rato, como si quisiera poner orden a las pala-
bras.—No es una historia que se pueda contar así nomás —respondió
—, como si fuera una anécdota de sobremesa. Se mezcla todo:
el miedo, la culpa, la rabia, la política, los afectos… Tu tío en mi
panza. Yo corriendo de noche. Y, al mismo tiempo, la sensación
de estar traicionando a los que no pudieron escapar. No es fácil.
El silencio volvió a instalarse, ahora más denso.
—Quiero saber —insistió Ángela—. De verdad. Siento que hay
una parte de vos que no conozco. Y que también es una parte
mía… de la familia… de nuestra historia.
Zuni bajó la mirada hacia los papeles.
—Lo sé, Ange. Y te lo voy a contar. Necesito tiempo.—¿Tiempo para qué? —preguntó Ángela, con un dejo de angus-
tia.—Para ordenar la memoria —dijo Zuni—. Para no contártelo
desde el puro dolor ni desde la bronca. Para elegir bien qué decir
y cómo decirlo. Si te lo cuento así, ahora, en esta mesa, se me van
a mezclar los nombres, las fechas, los rostros. Y hay cosas que
merecen ser dichas con cuidado.
Ángela hizo un gesto de impaciencia, aunque la entendía.
—Podemos hablar —insistió—. Hoy, mañana… No hace falta
que esté todo perfecto.
Zuni sonrió apenas.
—Vos tenés que volver a Bariloche en unos días —dijo, como
quien suelta un dato que también es una excusa necesaria—. Tu
vida sigue allá. Y creo que ese va a ser el momento para empezar
a contarte de verdad.
—¿Y cómo vamos a hacer? —preguntó Ángela—. ¿Llamadas?
¿Videollamadas?
Zuni la miró con una chispa inesperada en los ojos.
—Te voy a escribir cartas.
Ángela parpadeó, desconcertada.
—¿Cartas? —repitió—. ¿En serio? Pero abue… tenemos
whatsApp, mails, audios, videollamadas. ¿Por qué por carta?Zuni se recostó hacia atrás, apoyando la espalda en el sillón.
Acarició el borde del papel con la punta de los dedos.
—Porque hay cosas que no se pueden decir a la velocidad de un
mensaje de celular —respondió—. Cuando uno escribe una carta,
pone el cuerpo, la mano, la tinta, el tiempo.
No es apretar un botón. Es demorarse.
La miró fijo a su nieta y continuó.
—En una carta se juntan varias cosas:
la emoción al escribir,
la paciencia al esperar,la imaginación al leer.
—Suena lindo —dijo Ángela—, pero no sé si lo entiendo del todo.
Zuni se acomodó mejor. Había en su voz una calma extraña,
como si de pronto hablara no sólo para su nieta, sino para alguienmás. Mientras reflexionaba, le dice la siguiente idea de un filóso-
fo contemporáneo que ella admira mucho: Byung-Chul Han.—Ángela, escuchame atentamente lo que voy a decirte: En los
libros de Byung-Chul Han se advierte que vivimos en una épocadonde la espera se ha vuelto escándalo y molestia. La comunica-
ción inmediata, permanente, casi compulsiva, nos roba el silen-
cio previo a la palabra y el silencio posterior a lo dicho. La carta,en cambio, pertenece a otro régimen temporal: obliga a demo-
rarse, a aceptar que entre una frase y la respuesta habrá días, talvez semanas.
—Es verdad, abue, lo que decís, mi generación es muy ansiosa.—Claro, por eso este autor que te nombro considera que la sociedad de la
inmediatez no tolera la distancia ni la demora: exige
presencia constante, disponibilidad total, respuestas instantá-
neas. Las redes sociales convierten cada sensación en señal quedebe ser emitida enseguida, sin filtro, o quizás con demasiados
filtros. No hay pausa, no hay digestión, no hay duelo. La carta, en
ese contexto acelerado, es una forma de resistencia: un pequeño
gesto de lentitud obligada. Un ritual que recupera la delicadeza
del intervalo, la dignidad de lo que necesita madurar antes de ser
dicho.
Zuni, al captar la atención completa de Ange, prosigue.
—Cuando yo te escriba, voy a estar sola en una mesa, con unmate, recordando. Y cada palabra va a ser una pequeña decisión.
Voy a tachar, voy a dudar, voy a colgarme mirando por la
ventana. Ese tiempo, ese detenerse, también forma parte de lo
que te quiero contar. No es sólo la historia en sí. Es la forma de
acercarme a ella sin que me devore. Sin que arrase conmigo, con
mis recuerdos y mis dolores. Enfrentar el pasado, un pasado tan
doloroso, es una cuestión muy difícil de llevar, no es fácil juntar
esas fuerzas.
Ángela la miraba con atención casi reverente.—Y vos —continuó Zuni—, cuando recibas la carta, no vas a poder responder al instante.
No vas a poder mandarme un audio de
dos minutos mientras caminás por la calle. Vas a tener que leer,
cerrar el sobre, pensar, dejar que las imágenes se te metan en la
cabeza. La espera va a ser parte del diálogo.
Sonrió con un matiz irónico.
—La tecnología nos enseñó a creer que todo tiene que ser ya.
Pero hay historias que si las contás en modo “ya”, se rompen.
—¿Y si me desespero esperando? —preguntó Ángela, casi en
broma, casi en serio.—Entonces también vas a aprender algo de vos misma —respondió Zuni—.
La historia de la dictadura no se puede consumir
como se mira un video corto en redes. Tu generación tiene dere-
cho a saber, pero también la responsabilidad de darle una impor-
tancia diferente a ese saber.La palabra dictadura quedó flotando entre ellas, pesada, seria,
definitiva.
—¿Y me vas a contar todo? —insistió Ángela.
Zuni bajó la vista hacia los papeles amarillentos.
—Te voy a contar lo que pueda —dijo—. Y lo que soporte volver
a mirar. Pero sí: lo más importante, lo que cambió mi vida, lo que
marcó la de tu papá y tus tíos… eso va a estar.Se levantó despacio.
—Ahora voy a hacer unos mates —dijo, buscando alivianar el
aire—. Desayunamos, y después me ayudás a buscar sobres. Creo
que todavía debo tener algunos guardados.Ángela se quedó sentada, mirando las manos de su abuela mien-
tras ella caminaba hacia la cocina. De repente, el futuro se le aparecíade una manera extraña: no hecho de notificaciones en la
pantalla, sino de papeles doblados, sellos postales, tinta, tacha-
duras, palabras escritas a mano.Sintió que la esperaba no sólo una historia, sino un modo distin-
to de escucharla.Y, por primera vez, deseó que el tiempo no fuera tan rápido. Que
pudiera volverse más lento, para que cada carta, cuando llegara,
fuera algo más que un sobre en el buzón: un pequeño fragmento
del pasado regresando, de puño y letra, a tocarle la vida.#LaKultural #Radio #ComunicaciónPopular #ComunicaciónOrganizada
Revelar el pasado














