los gritos del silencio
En la antesala de la presentación de Insilio: los gritos del silencio, compartimos el prólogo del libro.
Una mirada que pone en palabras una experiencia muchas veces invisible: la de quedarse, pero dejar de pertenecer.
Prólogo
Hay una palabra que no figura en los manuales, ni en las sentencias, ni en los partes de
prensa: insilio. No es exilio -no del todo, porque no te empuja fuera del país: te
empuja fuera de la vida. Te deja en tu casa, en tu barrio, en tu trabajo, pero te expulsa del
derecho a nombrar lo que pasa. El insilio es una frontera invisible: la línea que separa a
quien todavía puede hablar, de quien, por miedo o por método, aprendió a callar.
Por eso este libro no se lee como se lee una novela cualquiera. Insilio no es solo un relato:
es un registro de lo que queda cuando el poder decide que la verdad es un estorbo.Y
cuando la verdad molesta, lo primero que hacen no es prohibirte: lo primero que hacen es
aislarte. Te convencen de que estás solo y que lo que importa es creerle a lo que dicen las
empresas periodísticas liberales.
Te empujan a desconfiar del vecino, del compañero, del amigo. Te entrenan para el
susurro, para la puerta cerrada, para el “mejor no te metas”
El insilio no necesita pasaporte: necesita silencio.
Yo conozco ese mecanismo. Lo conozco en carne propia, en la memoria del cuerpo.
Porque hay experiencias que no se explican: se vuelven reflejo.
La prisión política -la cárcel de verdad, la de barrotes, la de requisas, la de noches
interminables-es una pedagogía brutal: te enseña que lo humano puede ser degradado
hasta volverse trámite. Que el dolor puede administrarse. Que la incertidumbre puede
transformarse en rutina.
Y, sin embargo, también te enseña otra cosa, una que no sale en los informes: que la
dignidad no se “declama”, se sostiene.
En Argentina aprendimos -a veces a los golpes- que la memoria no es un museo: es
una responsabilidad. Y que los derechos no son un regalo: son una conquista que hay que
defender incluso cuando parece que ya no hace falta. Y que el peronismo es el único
partido que fue atacado, bombardeado, proscripto, donde nosotros, los militantes, siempre
pusimos el cuerpo para defender los ideales y las banderas. Por eso la mayoría de los
compañeros muertos y desaparecidos son peronistas.
Nos encontramos con esta historia, que se cuenta con la textura de lo intimo y respira una
pregunta colectiva: ¿qué hacemos con lo que nos pasó?¿Lo archivamos? ¿Lo
convertimos en bronce?¿O lo escuchamos como quien escucha una advertencia?
Yo vengo de una tradición política que con sus errores, sus tensiones, sus
contradicciones- siempre puso una idea en el centro: nadie se salva solo, por eso bregamos por una comunidad organizada, que busca la felicidad del pueblo y la grandeza
de la nación.
Esa es, para mi, la traducción más concreta de la justicia social. No es una consigna para
una pared; es un principio para la vida real: cuando el más débil cae, lo que cae con él no
es sólo su destino, cae la comunidad.
Perón lo dijo a su modo, con esa claridad de hierro: no hay organización posible sin
pueblo, y no hay pueblo posible si cada uno se refugia en su miedo.
Después, muchos años más tarde, con Néstor se volvió a abrir una puerta que parecía
soldada: la puerta de discutir el poder con la cara descubierta, de retomar una agenda que
algunos querían sepultar bajo el barro de la resignación.
Y con Cristina -con su obstinación y su lectura de época-se empujó esa discusión
hacia lugares donde a muchos les tembló el piso: medios, poder judicial, corporaciones,
economía, representación, calle.
Uno podrá discutir estilos, decisiones, coyunturas. Pero hay algo que no debería
discutirse: sin política no hay reparación; y sin reparación, la democracia es un decorado.
Ahora bien: lo más peligroso que puede hacer una democracia es creerse inmunizada
Creer que “eso ya pasó”. Porque el método cambia de traje, pero no cambia de intención.
Ayer fue el uniforme, el decreto, la patota, la desaparición y la muerte.
Hoy puede ser el hostigamiento digital, la amenaza anónima, la operación, la
estigmatización, la denuncia como arma, la crueldad administrada desde un teclado.
No siempre te vienen a buscar: a veces te empujan a que te escondas solo. Y ahí vuelve a
aparecer el insilio: ese exilio hacia adentro, esa clausura del mundo en la que uno sigue
respirando, pero deja de vivir.
Insilid entra en ese territorio con una decisión ética: no romantiza el dolor, no lo usa como
espectáculo. Lo escucha. Y escuchar, en una época de gritos, es un acto político. Porque
escuchar supone creer que el otro existe, que su versión importa, que su miedo no es una
exageración, cuyo relato no es “histeria”, ni “invento”, ni “drama”: es un pedazo de
verdad que pide lugar,
Este libro está hecho de eso; de verdades pequeñas que, juntas, forman una verdad grande.
Está hecho de escenas donde lo cotidiano se vuelve prueba, donde la conversación de un
living se vuelve archivo, donde una carta puede ser más contundente que un expediente,
donde una voz que tiembla sostiene -sin saberlo- una parte de la historia del país. Por eso, mientras leía estas páginas, pensé algo simple: el insilio es el triunfo del miedo;
la narración es el comienzo de la salida. No porque contar cure automáticamente, sino
porque contar rompe el aislamiento.
Quien habla vuelve a existir en el mundo. Y quien escucha-si escucha de verdad- se
vuelve parte de una reparación que no se decreta: se construye.
En tiempos donde abundan los discursos rápidos, las indignaciones por turno y las
verdades desechables, este libro hace un gesto más profundo: se queda.
Se queda con la herida, la mira, la nombra, la rodea con palabras para que no se pudra en
silencio. Y en esa insistencia hay una forma de militancia: la militancia de la memoria,
del vinculo, de la dignidad.
Que estas páginas sirvan para lo que tienen que servir: para que nadie crea que está solo;
para que el miedo no sea destino; para que la comunidad vuelva a ser refugio; para que el
insilio no gane.
Porque, al final, la patria no es una bandera colgada: la patria es el otro cuando el otro
tiembla… y aun asi, decide hablar.
Carlos Kunkel
Abogado
Ex Diputado Nacional mandato cumplido
Esta es la primera entrega de una serie de publicaciones sobre Insilio: los gritos del silencio.
El próximo viernes compartimos la introducción del libro, en la previa de su presentación en la Feria Internacional del Libro.















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