San Carlos de Bariloche, Patagonia argentina, ciudad her-
mosa, un latido entre montañas que en invierno se tiñen de
blanco, mezclándose la nieve con las nubes, y con veranos
de árboles reverdecidos y flores que decoran la imagen como si
fuera una pintura de Van Gogh. Pareciera que habla un idioma
antiguo, y que el agua del lago Nahuel Huapi guarda, en su espejo
helado, las memorias de millones de visitantes que pasaron en el
tiempo. Es imponente. Tiene un aire puro y una conexión con la
naturaleza que la hace ícono del país.
Las calles, siempre un poco inclinadas, invitan a caminar como
si uno se deslizara dentro de un cuento. Desde cualquier esquina
se ve el lago: un azul tan profundo que parece inventado, un azul
que cambia con el ánimo del cielo. A veces se vuelve espejo, a
veces furia, a veces un naranja que se pierde en el horizonte.
Y por la noche, la ciudad se transforma en una constelación te-
rrenal. Las luces titilan entre los árboles y en las laderas, imitan-
do el cielo que se estira encima. Es difícil saber dónde empieza el
firmamento y dónde termina la ciudad; parece que todo, arriba y
abajo, estuviera unido por un mismo hilo de estrellas. En Barilo-
che, el tiempo es más lento.
Las cosas parecen ocurrir con un ritmo distinto, como si cada
día se tomara su tiempo para desplegarse, para contar su propia
historia. Y uno, inevitablemente, termina contagiándose de esa
cadencia. No existen las urgencias de la ciudad capital, ni los pro-
blemas de congestionamiento en autopistas, ni tampoco se ve ira
al momento de manejar. La paz se contagia.
Hay lugares que se visitan.
Bariloche, en cambio, se habita. O mejor: se queda habitando en
uno, aun cuando la vida empuja hacia otros rumbos.
Porque quien alguna vez respiró el aire del lago al amanecer, es-
cuchó el silencio de las montañas o sintió el crujido de la leña en
pleno invierno, guarda para siempre un pedazo de Bariloche en
el pecho.
Como un recuerdo.
Como un refugio.
Como un hogar que late, incluso en la distancia.
Ahí estaba Ange.
A unas quince cuadras del centro, en la altura de la montaña
donde la casa de su padre parecía suspendida entre álamos y si-
lencio. Ese rincón elevado le regalaba una calma particular: las
mañanas tenían un aire fresco que invitaba a respirar profundo, y
las noches caían con una quietud que obligaba, casi sin quererlo,
a encontrarse con ella misma.
Ya habían pasado diez días desde su vuelta de Buenos Aires, y
desde entonces el ritual se repetía: cada vez que salía o regresaba,
miraba el buzón antes de abrir la puerta. No podía evitarlo. Había algo en la espera que la mantenía alerta, como si detrás de esa
ansiedad hubiera una promesa.
Aquella tarde volvía de visitar a una amiga, y apenas entró al jar-
dín vio a su padre acomodando unas herramientas bajo el alero.
Se acercó casi corriendo.
—Papá, ¿viste si llegó alguna carta de la abuela?
Martín levantó la cabeza, frunciendo el ceño con un desconcier-
to que no trató de disimular.
—¿Una carta? —repitió—. ¿De tu abuela?
—Sí. Me dijo que me iba a escribir.
—¿Para qué te va a escribir una carta, Ange? Si querés hablar con
ella, llamala. O mandale un mensaje. Es mucho más sencillo.
Ange sonrió apenas, con esa mezcla de paciencia y ternura que se
tiene con los que no entienden todavía.
—No, pa. No es lo mismo.
—¿Cómo que no es lo mismo? —insistió él, limpiándose las ma-
nos en el pantalón—. ¿Desde cuándo tu abuela manda cartas?
¿Qué es esto? ¿El siglo pasado?
—Es su forma… —dijo Ange, bajando la mirada al buzón va-
cío—. Dice que hay cosas que sólo pueden contarse así. Que ne-
cesitan tiempo. Que no se dicen bien si se mandan por whatsApp.
Martín la observó unos segundos, como si buscara descifrar algo
que se le escapaba.
—Mirá que tu abuela siempre fue especial —murmuró—, pero
esto… esto sí que no lo entiendo.
Ange se encogió de hombros.
—Yo tampoco del todo. Pero la carta va a llegar, pa. Y cuando
llegue, voy a entender por qué. Luego volvió a mirar el buzón, como si pudiera hacerla aparecer
por pura voluntad. Estaba vacío.
La montaña, mientras tanto, guardaba su silencio.
Y la espera seguía creciendo adentro de ella como una semilla
lista para abrirse.
La mañana, a los pies de la montaña, tiene una frescura que des-
pierta el cuerpo antes que la mente. Es un aire limpio, casi nuevo,
que invita a inhalar profundo, a sentir la naturaleza entrando por
los pulmones, a recargar energías sin necesidad de pensarlo de-
masiado.
Ange abrió la ventana de su cuarto y dejó que el frío suave le roza-
ra la cara. Caminó lentamente hacia la cocina, todavía con el pelo
despeinado y la mirada tranquila de los sábados. Le gustaban esas
mañanas sin apuros, donde el mundo parecía darle permiso para
estar un poco desarreglada y sin obligaciones urgentes.
Luego fueron a preparar el desayuno. En la mesa humeaban unas
tostadas, huevo revuelto y queso crema.
—Gracias, pa —dijo Ange mientras se sentaba—. Pa, ¿tus amigos
ya se fueron al cerro?
—Sí —respondió él, sirviendo un vaso de jugo—. Sabés cómo
son, cada vez que cae nieve nueva, se van desesperados a hacer
snowboard. Algún día podrías acompañarnos. De más chica te
encantaba ir.
Ange sonrió con nostalgia.
—Me sigue gustando… me agota cuando está lleno de turistas.
Las filas eternas para subir a las aerosillas me sacan las ganas.
Capaz en temporada baja me sumo con ustedes.
—Estaría buenísimo —asintió su padre—. Podrías venir con
Azul.
—Dale, pa. Re va. ¿Hay café?
—Sí, sí… fijate que la cafetera está con café recién preparado —
respondió, señalándola con la cuchara desde la cocina.
Ange se levantó para servirse una taza. Tomó la cafetera con una
mano y, al mirar distraídamente por la ventana, se quedó inmó-
vil.
La bandera del buzón estaba levantada.
Por un instante no respiró.
Luego el corazón le dio un salto tan fuerte que casi sintió que se
le escapaba del pecho.
Soltó la cafetera —por suerte no cayó— y salió corriendo hacia la
entrada de la casa. Su padre, sorprendido, apenas alcanzó a decir:
—¡Ange! ¿Qué pasó?
Pero Ange cruzó el pasillo a toda velocidad, descalza y agitada.
Abrió el buzón con manos temblorosas.
Ahí estaba.
Un sobre de papel madera, con la letra inconfundible de su abue-
la.
“Para Ange”, decía.
Los nervios la atravesaron como una corriente eléctrica.
Era la carta. La tan ansiada, la tan esperada, la que llevaba días
soñando recibir.
La primera carta, que Zuni había prometido, acababa de llegar.














