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Prohibido callar

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Ange, esta vez sumo el relato de un gran amigo mío, que
te va a contar también sus vivencias y cómo tuvo que
atravesar circunstancias tan dolorosas:
Ángela,

muchos de nuestros coetáneos fueron perseguidos, secues-
trados, muertos o desaparecidos. Sus hijos, apropiados. Sus

pertenencias, robadas con total impunidad.
Algunos lograron exiliarse para salvar sus vidas; otros no
pudieron, o no quisieron. Es cierto que, de una manera u
otra, tanto haber estado afuera como haber permanecido
en el país dejó en nosotros marcas indelebles, marcas que
nos transformaron, que nos hicieron quienes somos hoy,

con un peso muy cargado de incertidumbre, dolor y, siem-
pre, el miedo constante de que nos vuelva a suceder.

En mi caso personal, al revisar mi historia a la luz de los

hechos vividos, considero que la noción de insilio apare-
ció de pronto como una respuesta. Una palabra tardía para

nombrar algo que había vivido desde muy joven, sin saber
cómo llamarlo.

Y la palabra clave fue silencio. O mejor aún, silencio par-
lante, como lo define Losange Espinoza.

También puedo citar a Chango Illanes, de la Facultad de
Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de San Juan,
cuando dice: “El insilio es una identidad vulnerada porque

es una memoria reprimida. Pero esa contención acumulati-
va tiende a liberarse y entonces se transforma en cultura, es

una conciencia extrañada”.

Así, silenciados, con la memoria reprimida, con la con-
ciencia extrañada, padeciendo la continuación del proceso

represivo por otros medios —lo que Cristian Rodríguez
denomina un dispositivo de tortura persistente—, vivimos
muchos años de nuestra vida, paradójicamente, en plena
juventud.
La superación del insilio es la explicitación pública de la
memoria, no sólo individual sino también colectiva.
Voy a intentar narrarte brevemente mi experiencia. Para
eso, primero enunciaré algunos datos elementales, apenas
para ubicarte en tiempo y espacio.
Nací en Junín en 1952.
Mi padre, Américo Liggera —el “Chito”—, verdulero en el
Mercado Municipal.
Mi madre, Esther, ama de casa.

Hice la primaria en la escuela del barrio Belgrano y la se-
cundaria en la Nacional de Junín. Mi viejo quería un hijo

“dotor”. Sin embargo, en 1970 ingresé a la Facultad de
Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata

para estudiar Bioquímica. No era lo mío y duré poco. Al
año siguiente abandoné las ciencias duras para entrar en

Bellas Artes. Las artes plásticas eran mi mundo. Sería po-
bre, pero feliz, decía.

Duró un suspiro.
En junio de 1971, durante una asamblea estudiantil en el

patio de Ciencias Exactas —avenida 1 y 48— fuimos repri-
midos por la policía montada. Corrimos entre los jardines

hasta la calle 49. Antes de llegar a 2, un carro policial —el

famoso “chanchito”— disparó una granada de gas lacrimó-
geno que perforó mi pierna izquierda.

Tenía dieciocho años.

Mi compañero de estudios, el “Negro” Juan Carlos Gutié-
rrez, detiene a un taxi, hace bajar al pasajero, me sube y

me lleva al Hospital San Martín. Me limpiaron y suturaron
la herida, tal vez por seguridad no me dejaron internado.
Volví a la casa que compartía con otros chicos de Junín. Sin
dinero, sin contención familiar, clandestino, fui atendido

por compañeros que organizaron colectas para antibióti-
cos y curaciones. El ocultamiento duró poco. Mis padres

fueron a buscarme y la recuperación fue lenta.
No volví a la escuela.
Mi vida había cambiado.

Hoy, a la distancia, puedo decir que ahí —en silencio, mas-
cullando rencores— comenzó verdaderamente mi vida

como insiliado.

En 1972, comienzo a estudiar Letras en un instituto católi-
co de Junín, trabajo como libretista en LT20, la radio de la

ciudad, y publico mi primer libro de poesía. Sin trabajo fijo, no puedo afrontar gastos mínimos y aban-
dono la cursada.

En los carnavales de ese año conocí a Ana María, mi com-
pañera desde ese entonces.

Al año siguiente, el “Tío” Cámpora gana las elecciones. Las
disputas políticas e ideológicas dentro del peronismo son
cada vez más violentas.
En Junín, actuaba un grupo de la CNU(5), protegido por
algunos gremios y el ejército, que acosaba y agredía a
militantes de la “tendencia” identificados con la JP(6) y la
JTP(7):“zurdos”, “troskos”, “sinarquistas internacionales”, y
otros piropos por el estilo.

Luego de la muerte de Perón los enfrentamientos se pro-
fundizan.

Finalmente, el 24 de marzo de 1976, una vez más en nues-
tro país, las Fuerzas Armadas usurpan el poder.

Sabiéndonos vigilados vivíamos con temor; por esos días
manifiesto una enfermedad intestinal que luego supe era

del tipo psicosomático, ya que callaba, no hablaba con na-
die —otra vez silencio— acerca de estas preocupaciones

de seguridad individual; mucho menos podía hacerlo con

mis padres, pues suponía que no debía generarles preocu-
pación.

Podría haberme refugiado en otro país, pero preferí resis-
tir, ya que el razonamiento era que, si no había cometido

delito, no debería temer. Además, no tenía pasaporte ni medios económicos para poder hacerlo. Tal vez fue una
equivocación, tampoco tenía muchas alternativas.
En julio de 1976 sufrí la primera detención. Pasé la noche
en la Comisaría 1a y al mediodía siguiente me liberaron.

Aterrorizado, esa misma noche quemé una inmensa can-
tidad de mis amados libros. Todavía me duele esa deses-
perada quemazón. No era justo perder tantos libros por

miedo; habían conformado parte de mi compañía literaria
durante tanto tiempo y sentía que quemaba una parte de
mi identidad.
En diciembre, Anita y yo nos casamos. El 24 de enero de

1977 a la madrugada, fui secuestrado junto con otros quin-
ce compañeros que participábamos en la COART(8); la ma-
yoría éramos escritores, poetas, músicos y coreutas. Duró

poco la felicidad de una etapa tan linda como ser recién
casados.

Permanecimos en el centro clandestino de la Unidad Pe-
nitenciaria 13, aún no habilitada como cárcel, por espacio

de una semana.
No entraré en detalles por innecesario y porque es harto

conocido el tratamiento que las fuerzas represivas realiza-
ban sobre el cuerpo y la psiquis de los secuestrados.

Luego de una semana de maltratos nos “blanquean” al
trasladarnos a la Comisaría 1a, donde nuestros allegados
pueden acercarnos ropa limpia y comida. Mi estado era
lamentable; llegué afiebrado, entumecido y delirando. Un
policía se compadeció y me acercó un vaso de agua y una aspirina.

Un mínimo gesto de humanidad que en medio
del horror nunca olvidaré.

Muchas veces me pregunté: ¿en qué parte de su alma guar-
daban esos militares la empatía emocional, la indiferencia

al dolor por el maltrato sufrido? ¿Cómo podían volver a sus
casas, estar con sus familias y pretender ser felices como si
nada pasara, luego de las torturas y el trato que nos daban?
El 10 de febrero, antes del amanecer, maniatados, en un
camión militar y fuertemente custodiados, nos trasladan a
la UP 9 de San Nicolás. Allí, el recibimiento fue a las piñas
y a las patadas.
Si bien el pabellón de “políticos” era —salvo las requisas
humillantes— relativamente tranquilo, no había ninguna

seguridad, pues era habitual que alguna noche irrumpie-
ran en la celda para llevarse a alguno de nosotros a otro

lugar para interrogarlo.
El tribunal militar en la cárcel realizó una parodia de juicio;
fue una farsa, ya que no teníamos posibilidades de defensa
alguna. Parece mentira que un artículo constitucional de
tanta importancia como suele ser el debido proceso, Art.

18, fuera ignorado completamente por el Estado. Increíble-
mente, se ve que las fuerzas de seguridad no estaban fami-
liarizadas con el texto del mismo, el cual reza así: “Ningún

habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo
fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por
comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por
la ley antes del hecho de la causa. Nadie puede ser obligado
a declarar contra sí mismo; ni arrestado sino en virtud de
orden escrita de autoridad competente. Es inviolable la defensa

en juicio de la persona y de los derechos. El domicilio
es inviolable, como también la correspondencia epistolar y
los papeles privados; y una ley determinará en qué casos y
con qué justificativos podrá procederse a su allanamiento y
ocupación. Quedan abolidos para siempre la pena de muerte
por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes”.
Como anécdota, puedo contarles que curé mi “dispepsia

fermentativa” (tal el diagnóstico médico) ¡comiendo po-
lenta y tumba!

Entiendo que la angustia y la ansiedad ya habían termina-
do, por lo menos en ese aspecto. De alguna manera me lo

había anticipado una médica en el Hospital Udaondo de
Buenos Aires, a donde concurría, ya que en Junín no había
tenido alivio para mi padecimiento. “Vos no tenés nada;

tendrías que consultar en otro lado”, me dijo. En ese mo-
mento no lo entendí, pero efectivamente tenía razón.

Puesto a disposición del PEN(9), no quedaba otra que espe-
rar, solo, fumando y leyendo en la celda.

No pudiendo demostrar ninguna de las acusaciones que
pesaban sobre nosotros, finalmente fuimos liberados en
tandas de a tres o cuatro compañeros, cosa que el regreso a
Junín pasara lo más desapercibido posible.
Y acá comienza otro momento de insiliado en mi ciudad.
El más angustiante. El más doloroso. El más duradero.

En primer lugar, porque el jefe del regimiento —aprove-
chándose de una evidente relación de poder absoluto sobre

la vida y la muerte de todos nosotros—, de pie, señalándo-
me con el dedo, me amonesta y advierte especialmente al

manifestar que me cuidara, que en Junín no me querían
y que no eran momentos para “asados celebratorios” ni de
reuniones con amigos.
Entendí, entonces, que viviría bajo una especie de “libertad
vigilada”, lo que pude corroborar luego, cuando recibí un

par de “visitas” intimidatorias por parte de policías o ser-
vicios.

Me reincorporan al trabajo como administrativo en la
Unión Ferroviaria; el interventor de ese momento en la

Seccional Junín —un civil colaboracionista con los milita-
res—, me impone condiciones, algunas tan absurdas como

el “corte de pelo”.
Comienza, ahí, otra etapa de silencio, encierro y camuflaje;
de culpa y mimetización social. Un largo período que va
desde mi liberación hasta casi finales de los ́90. Algunos
tics todavía se mantienen, como el de no salir a la calle sin
llevar documentos o llamar a casa para avisar que llegaré
tarde.

Salvo los amigos más íntimos que conocían la verdade-
ra historia, esos hechos dramáticos y lacerantes no eran

comentados en los círculos de actuación, tanto laborales

como sociales. Revivirlos resultaba muy doloroso. Ese pro-
longado silencio resultaba un modo bastante eficiente de

resguardo emocional. Amurallante, defensivo, aunque ya
viviéramos en democracia.

Como digresión, te comento otro par de ejemplos. Necesi-
taba ser “admitido” en esa sociedad casi pueblerina, pasar

desapercibido, “ser parte”, “ser aprobado”, en fin, tanto fue
así, que en algún tiempo ¡iba a misa los domingos! Y otro

caso, podría decirse que casi tragicómico, fue el siguien-
te: en los interrogatorios me preguntaban insistentemente

por Olga P., una compañera de la Juventud Peronista. Yo
respondía: “no la conozco”, “no sé quién es”, “nunca la vi”.
Y tan “verdadera” era mi afirmación, que tiempo después,
cuando nos cruzábamos en el centro ¡no la saludaba! Así
sucedió por muchos años hasta que una tarde de verano,
cuando nuestros hijos pequeños concurrían a la colonia de

vacaciones, me acerqué, la abracé y le confesé con amar-
gura el motivo de mi absurda actitud. Por supuesto, ella lo

comprendió y agradeció mi mutismo protector.
En esos tiempos nacieron mis tres hijos, volví a estudiar,
me recibí de profesor en Historia y Letras, trabajé como
docente durante casi treinta años y simultáneamente, mi

actuación en SADOP(10) en momentos de resistencia al me-
nemismo durante los ’90, me hizo recuperar el sentido de la

dignidad de los trabajadores y su lucha por una vida mejor.
Publiqué otros libros. Trabajé en periodismo cultural.
¡Volví a pintar!
Sin embargo, el pasado era eludido hasta donde pudiera, y
esa historia era sólo comentada si se daba la oportunidad
o fuera necesario.
La primera entrevista donde hablo expresamente sobre
aquellos acontecimientos fue cerca del año 1998 en una

FM local. Sudor, falta de aire, lágrimas… hacerlo pública-
mente fue un verdadero exorcismo; el comienzo de una

lenta liberación, como el agua que se va filtrando por las
rajaduras de una presa que se quiebra.En los libros que

publiqué posteriormente, el tema se hace
más explícito. Mi obra actual, tanto literaria como plástica,
tiene la voluntad de testimoniar sobre la historia personal
y social que nos ha marcado a fuego.
“No somos héroes,
no somos ejemplo de nada,
simplemente somos víctimas
y como tales, deberemos reconocernos”.
Hoy, a mis setenta y tres años, cuando por fin soy capaz
de gritar, estoy convencido de que la memoria —aun con
luces y sombras, aun traicionera— es la herramienta más
eficaz para sanar las heridas y luchar contra el olvido.
Y para finalizar, comparto este poema, “Un breve mensaje
viaja en el interior de una botella”, de mi libro Cenizas de
Alejandría, 2007:
Amargos
muñones en las lenguas
compañero,
si nos quitaran alguna otra vez
la alegría
el asombro
la palabra.
Ojalá que ese breve mensaje que continúa viajando en una

botella a través del tiempo sea recogido por las nuevas ge-
neraciones, para que nos recuerden, para que la resistencia

a la opresión, cualquiera fuera, continúe, con alegría y es-
peranza. Entonces, prohibido callar, esa es la consigna. Antes, que
nos mutilen las lenguas.
Porque el silencio es muerte en vida. Insiliados, nunca más.
Un fuerte abrazo, Ángela. Tu abuela es una gran luchadora,

excelente persona y mejor abuela aún, que ha logrado co-
nectar con vos de una manera impensada.

Podés pedirle mi contacto para lo que necesites, no sé usar

muy bien la tecnología, pero puedo resolver cualquier in-
quietud que tengas.

Un gran cariño,

Rubén