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Las compañías que salvan

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Zuni estaba en el living de su casa, un espacio que siem-
pre parecía una antesala del pensamiento: libros abier-
tos, papeles subrayados, el mate tibio circulando como

un rito que no necesitaba explicación. Frente a ella, Jacqui —con
sus anteojos apoyados con firmeza sobre la nariz y con la alegría
que siempre la caracteriza— sostenía unas hojas impresas con la
misma atención con la que otros sostienen una promesa.
Se habían conocido años atrás, en una feria del libro de escritoras
en la Universidad de Quilmes. No fue un encuentro casual: fue
una coincidencia moral. Las unió, desde el primer intercambio,
una manera de leer el mundo más que de leer libros. Jacqui tenía
esa calma lúcida de quienes han aprendido a escuchar antes de

hablar; una mujer de palabra medida, mirada franca y convic-
ciones que no necesitaban alzar la voz. Le gustaba el rigor de los

datos y hechos históricos. Creía —con una fe trabajada, no in-
genua— que la memoria es una forma de justicia en el presente.

Entre mates, se compartían artículos y libros como quien se pasa
antorchas: derechos humanos, historias de desaparecidos en

época de dictadura, testimonios que no buscaban cerrar heridas

sino impedir que se las tape. Jacqui leía con lápiz en mano; subra-
yaba poco, pensaba mucho. Tenía el hábito de hacer preguntas

incómodas con una suavidad suficiente como para amortiguar el
golpe, y una paciencia obstinada para volver sobre lo que otros
preferían olvidar.

Pancho, su compañero de vida, tenía recuerdos duros que deja-
ron marcas en ella, sin que los hubiera vivido. Pancho, a su vez,

era también amigo de Zuni, pero el destino no las había cruzado
por esa cercanía doméstica.

Las había unido algo más profundo: la certeza de que había pa-
labras que debían llegar a quienes no habían vivido el miedo en

carne propia. Juntas intentarían transmitir un legado donde el
aprendizaje se enfocara también en los sentimientos que pasaron
esas personas, las emociones que vivenciaron y los dolores que
las marcaron. Ambas, casi sin proponérselo, iban a asumir un rol

decisivo: contar a las nuevas generaciones qué había sido el insi-
lio, ese exilio hacia adentro, silencioso y persistente, que marcó a

tantos en el anonimato, escondidos.

En ese living —entre el vapor del mate y el crujido leve del pa-
pel— no se estaba escribiendo sólo un recuerdo. Jacqui estaba

ayudando a Zuni a escribir las cartas que le transmitirían para
siempre a Ange una época muy triste de Argentina. Se estaba
cuidando una memoria. Y Jacqui, con su modo sereno y firme de
estar en el mundo, era una de sus guardianas.
Suena el timbre. Zuni se sorprende, nadie toca el timbre, y las

personas que la visitan siempre avisan antes. Se acerca a la ven-
tana, y para su sorpresa ve que era el cartero. Abre la puerta, lo

saluda y recibe una carta. Dirigida a ella. Era una carta de Ange.

Para Zuni, el impacto fue físico antes que intelectual. Sintió esa
presión en el cuerpo, ese aviso que llega cuando la memoria deja

de ser pasado y vuelve a ser presente. Cada pregunta de Ánge-
la no pedía información: pedía permiso. Permiso para entrar en

una zona que Zuni había aprendido a custodiar con silencios
prolijos, con relatos ajenos que funcionaban como diques. Hasta
ese momento, contar historias de otros había sido una forma —
digna, necesaria— de postergar la propia.
Ángela había corrido el límite: había entendido que la memoria
no es un archivo, sino una herencia, y desde que su abuela le
empezó a contar cuestiones clave de esa época, se convirtió en
guardiana.

La pregunta “¿cuándo viene la tuya?” no la interpeló como abue-
la, sino como mujer que había sobrevivido. Zuni comprendió,

con una mezcla de orgullo y vértigo, que su nieta ya no estaba
leyendo desde la distancia moral del “qué terrible fue eso”, sino

desde el lugar más peligroso y verdadero: “Esto también me per-
tenece, por legado, por mandato familiar”.

Y ahí apareció el miedo. No a contar sino a romper el último

pacto de silencio, el que no se firma con otros sino con una mis-
ma. Porque contar su historia no era sólo recordar: era aceptar

la toma de ciertas decisiones, pérdidas y renuncias que también
habían incidido en Ángela sin que ella lo supiera.

En Jacqui, el impacto fue distinto, pero no menor. Ella estaba ayu-
dando a Zuni con las cartas, por esa gran amistad que las unía.

Leyó la carta como se leen los textos que anuncian un punto de
no retorno. Reconoció en Ángela algo que había visto en muchos
jóvenes comprometidos con la memoria: el momento exacto en
que la historia deja de ser militancia y se vuelve identidad.

Jacqui entendió que ya no estaban frente a una lectora curiosa ni
a una nieta sensible, sino frente a alguien que había sido tocada

por la verdad. Y sintió admiración —esa que nace cuando al-
guien joven se atreve a preguntar lo que incomoda—, pero tam-
bién una responsabilidad nueva. Supo que, desde ese instante,

acompañar a Zuni implicaría algo más que compartir lecturas:
suponía sostenerla cuando la palabra ya no pudiera esconderse

detrás de conceptos. Porque Ángela no pedía un testimonio or-
denado ni una cronología amable, sino raíz. La raíz familiar.

Entre ambas se instaló un silencio espeso, distinto al de otras

tardes. Un silencio cargado de sentido. Zuni no dijo nada de in-
mediato. Jacqui tampoco. Las dos sabían que esa carta las había

interpelado, pero antes tenían que seguir ordenando otras histo-
rias que implicaban también la identidad de la joven Zuni. Ya no

se trataba sólo de transmitir el insilio como categoría histórica,
sino de asumirlo como herida viva que atraviesa generaciones.
Por primera vez, Zuni empezó a cuestionarse no sólo en cómo
contar su historia, sino en cómo sobreviviría después de hacerlo;
cómo afectaría a Ángela comprender este pasado.
Jacqui percibe ese momento de tensión y de una señal de duda, y
se impone en la conversación.

—Bueno, Zuni, creo que es momento de contar primero la histo-
ria de Pancho. De alguna manera, ya empezás a aparecer vos. Y

nos vamos preparando para tu momento.
—Sí, Jacqui, me parece mejor. Creo que mi historia debería ir
apareciendo de a poco, para no abordar con todo de golpe.
—Bueno, pongámonos a trabajar sobre cómo seguimos contando
estas historias a Ange, sigamos con la de nuestro querido Pancho.

Sin más preámbulos, las dos se acercaron a la mesa, arrimaron
las sillas, y Jacqui tomó los papeles que tenía ordenados, donde

habían bocetado borradores con distintas marcas, fechas y nom-
bres. Zuni eligió una de las hojas que había seleccionado para

comenzar la carta, empuñó su lapicera azul preferida —esa que
escribe casi sin proponérselo—, y con coraje comenzó a escribir.

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