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Vencer la ansiedad

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Ángela tenía la necesidad de responderle la carta a su
abuela antes de que llegara la nueva que Zuni le estaría
por enviar.
Azul la ayudó en la redacción.
Su amiga, que estudia Filosofía, se encontraba casi tan atrapada
como ella en las historias, entonces le contaba cosas que leía en
los cursos de la universidad.

—Ange, entiendo todo lo que te duele, y como esta historia atra-
viesa tu cuerpo de manera tan brutal, quiero compartirte una

reflexión que leí en uno de mis autores preferidos que se relacio-
nan con esto. Emmanuel Lévinas dice: “Somos responsables de la

historia que no hemos elegido”. En estos casos, estás heredando la
memoria de algo que no viviste, y te interpela de manera tal que
te hace partícipe del dolor.
—Por eso me duele tanto, Azul. Me pongo en los zapatos de mi

abuela en esa juventud tan traumática, en tener que escapar es-
tando embarazada de mi tío, en perder su espacio, su lugar.

—Claro que sí, tenés la empatía exacerbada por quien lo sufrió,
es sangre tuya, te duele lo que ella vivió. Para tu abuela, el pasado
no está superado todavía, y cuando eso ocurre, Theodor Adorno
nos dice: “El pasado no está superado mientras las causas sigan
actuando”. Hoy pareciera que nos encontráramos a pasos, nada
más, de volver a revivir todas estas atrocidades. La violencia, el

odio está en las calles como en aquel entonces, tal vez más disfra-
zado por la perversión del capitalismo, se lo ve presente aún, en

las redes, en las noticias, en la manera de reaccionar de las per-
sonas con meros desconocidos sólo por su orientación sexual, su

ideología o hasta por un club de fútbol.
Azul la abraza muy fuerte. Ese cálido abrazo contenía un poco la
tristeza de su amiga.

—Una vez me dijiste algo de la filósofa judía que me quedó reso-
nando luego de leer esta carta: “Perder el hogar significa perder el

lugar en el mundo”. Y pienso en lo triste de estos jóvenes que no
podían estar seguros ni en sus casas, y que el insilio fue la única
posibilidad de subsistencia—. Ángela hacía referencia a una frase
de Hannah Arendt en su libro Los orígenes del totalitarismo.
—Creo que deberías responderle a tu abuela —Azul le toma la
mano—, estaría bueno que sostengan esta forma de diálogo, te

puede hacer muy bien. Entiendo mejor lo que plantea tu abue-
la, la demora es un modo de atención. Sólo aquello que demora

puede dejar huella. Las cartas exigen espera, lectura lenta, cuer-
po. No es intercambio instantáneo, es sedimentar la memoria,

este viaje será una forma de comunicarte ese pasado. Byung-
Chul Han, en su libro La sociedad de la transparencia, dice que:

“El silencio pertenece a la negatividad, y sin negatividad no hay
profundidad”.
Por esto, no se puede interpretar al silencio como una simple
ausencia de ruido, sino un espacio cargado de significado —la “negatividad”, lo que falta o no se dice—, y es en esa “negación” o
intervalo donde surge la verdadera profundidad: la reflexión, la
comprensión, el misterio o la conexión genuina, que nos obliga
a ir más allá de lo superficial y a llenar ese vacío con sentido o
introspección. Sin la pausa o el espacio “negativo”, el silencio sólo

será ruido superficial, y no se podrá acceder a niveles más pro-
fundos de pensamiento o experiencia.

Abue,
Leí las dos historias.
Las leí despacio, como si el cuerpo me pidiera tiempo.
Ahora no puedo quedarme en silencio.
Me surgen muchas preguntas para hacerte y no sé bien
cómo hacerlo sin que suene desesperado, tengo muchos
interrogantes, siento que estas historias me tienen en un
estado de mucha ansiedad. ¿Cuántas historias más tenés
para contarme? ¿Cuántas personas conociste que hayan

pasado algo así? ¿Cuántas vidas marcadas, calladas, parti-
das por dentro, siguen sin asomar al afuera?

Cada carta abre algo que no vuelve a cerrarse. Como si al
leerlas corrieran un velo, el de la ignorancia de un pasado

que no se imagina ni en las peores películas de terror, por-
que el peor terror es el terror humano, no son fantasmas,

monstruos o mundos distópicos, el espanto surge de ver lo

que las personas son capaces de hacer, es un terror real, es-
condido en personas que vuelven a sus casas con una care-
ta, como si ninguna de las acciones que hubieran cometido

hace unas horas fuera real.
No puedo dejar de pensar que esas historias no son sólo
de ellos.

De algún modo también hablan de mí.
De lo que soy.
De lo que no sabía que estaba cargando.
Y entonces aparece otra pregunta, la más difícil, la que me
cuesta escribirte:
¿En qué momento viene tu historia, abuela?
¿En qué momento aparece la tuya?

Porque empiezo a entender que todo esto no es sólo me-
moria ajena. Es raíz. Es origen.

Es la historia que me sostiene, aunque nunca me la hayan
contado del todo.
Siento que estoy caminando sobre un suelo que recién
ahora empiezo a reconocer.
Y necesito saber dónde estás vos en todo esto.
Dónde estuviste.
Qué parte de tu silencio también me pertenece.
No te lo pregunto por curiosa.

Te lo pregunto porque algo en mí ya no puede seguir mi-
rando para otro lado.

Decime, Zuni: ¿cuántas historias más faltan? ¿Cuándo lle-
ga la tuya?

Con amor, con miedo, y con una necesidad que no sabía
que tenía,
te extraña,

Ángela

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