Mi querida Ange:
Siempre imaginé que algún día iba a tener que blanquear esta situación con vos. Me resulta muy difícil y a la vez
contradictorio poner en palabras esta etapa de mi vida que jamás podré borrar de mi mente, de mi cuerpo, de mi ser.
Ante todo, es preciso poner un marco, contextualizar,
contarte qué pasó, porqué, lo difícil que fue pasar esos
momentos tan oscuros, tan complejos de nuestra vida, de
nuestra historia.
Tomo tu mano —aunque sea desde esta distancia de tintay papel— y me traslado al tiempo en que todo comenzó.
Podría comenzar directamente por mi historia, por mi propio miedo, por mi propia noche… antes necesito que
leas la historia de otras personas que, como yo, la pasaron pésimo, con heridas que no terminaron de cerrar.
Quiero empezar por la historia de Lola.
Una mujer a la que conocés desde siempre.Una mujer que te ha sonreído mil veces sin que vos
supieras lo que cargaba en su espalda.
La médica.
La mujer fuerte que vive ahí, en Bariloche, que te cocinaba
esas ricas sopas cuando la íbamos a visitar a su casa, con frío.
Cuando leas esto, quiero que recuerdes que en ese entonces Lola tenía apenas unos años más que vos ahora.
Este detalle de la edad es algo que no debés olvidar. Lo
poco que sabía del mundo. Y todo lo que un Estado ya
estaba dispuesto a hacerle…
Hola, Ange, soy Lola, y era todavía una joven que buscaba
un lugar de pertenencia. Antes de ir al relato, te cuento un
poco de mí, así conocés algunas cosas de mi juventud.
Corría el año 1973, Argentina era un país que ardía por
dentro, aunque muchos no quisieran verlo. Yo venía de una
infancia atravesada por memorias de guerra, por relatos de
muertos que nunca conocí pero que igual me habitaron.
Nací en España en el ’47, en un pueblo blanco (como canta Serrat). Padre republicano y madre franquista, a él la guerra lo atravesó del lado geográfico equivocado, o sea, peleó
para Franco, no usó nunca su arma reglamentaria porque
se ocupaba de cocinar para la tropa con sólo veinte años.
Se casó con mi madre, de negro, y obviamente quería salir
de España, y mi madre, no. Los mandatos paternos se impusieron.
Esperando que terminara la guerra mundial para
emigrar, nos exiliamos a la Argentina, donde arribamos en el ’47, yo con apenas unos meses de vida. Eso sí, los muertos de la guerra civil nos acompañaron.
Empecé la primaria en una escuela pública, a los años (Perón en el gobierno), homenajeábamos a Evita, escoltando
su retrato en la escuela. Los libros escolares consistían en las obras de Evita y Perón. Los domingos íbamos a la escuela con la familia, había kermeses, juegos, golosinas. Era contestataria, rebelde, desobediente, y a pesar de la pobreza familiar, me enviaron a un colegio de monjas fuera del barrio (en la zona “de clase alta”). Ahí aprendí lo que significa ser pobre y extranjera, pero la discriminación, las burlas, los castigos corporales y psicológicos no me doble-
garon, me puse peor.
Antes del ‘55, las monjas se sacaron los hábitos por supuesta amenaza de Perón contra la Iglesia, y yo festejé a lo grande.
Cuando cumplí veintitrés, me sentía lista para comerme el mundo, pero el mundo nos empezaría a digerir a nosotros.
A veces, Ange, la violencia no cae de golpe: primero es un
rumor, una incomodidad, una sombra que pasa rápido.
Ahora te voy a contar sobre un hecho que lo cambió todo
en mi vida.
El 20 de junio de 1973, en Ezeiza, todo dejó de ser rumor.
Volvía Perón del exilio. Yo me desempeñaba como enfer-
mera, y me ofrecen ir ese día a Ezeiza como voluntaria.
Éramos cuatro en la ambulancia, un cirujano, una instru-
mentadora, un médico practicante y yo.
Ese día supimos que algo terrible había empezado y que no
tenía vuelta atrás.Me encontraba allí, en ese preciso momento.
Una enfermera joven, con un guardapolvo que todavía olía
a hospital, subida a una ambulancia sin saber lo que iba a
ocurrir.
O, sí lo imaginaron… nunca nos lo dijeron.
Me ubicaron en un puente, me indicaron que ocupe un
lugar junto a un camillero, justo al lado del escenario. En
ese momento tocaban músicos conocidos, me entregaron
un brazalete del CdO(1), imprescindible para poder estar
ahí. Se formó una valla humana a lo largo del puente, todos
vestidos con ponchos de colores. Yo repartía agua al público más cercano.
A mi alrededor, una multitud. Miles de personas que no
sabían que estaba por empezar una masacre. Músicos, familias, banderas, alegría… hasta que esa alegría se quebró
como un vidrio.
Un muchacho de la valla me tomó del brazo y me dijo: “Va a haber lío. Si escuchás tiros, tirate al piso”. En ese momento no entendí nada.
Era demasiado inocente para entender.
Primero se escuchó un silbido leve.
Después, otro. Después, gritos.
Y recién al final, cuando ya había cuerpos moviéndose en
estampida, escuché los primeros balazos.
Sentí uno pasar tan cerca de mi oreja que me zumbó la
cabeza.
Me tiré al piso.Me pisotearon.
Me levantaron.
Me volvieron a tirar.
El suelo se encontraba caliente del sol. Yo sentía frío por
todo el cuerpo, el miedo me atravesó de pies a cabeza.
Las ambulancias se movían como podían, sorteando gente
herida, gente aplastada, gente que gritaba sin saber a quién.
Yo levanté hombres, mujeres, jóvenes… gente que minutos
antes cantaba y festejaba.
Heridos de un lado y del otro.
Heridos de causas que ya no importaban.
Ese día conocí la mentira.
La mentira armada.
La mentira que se viste de política y te apunta a la frente.
Me acuerdo del arma apoyada contra mi cara. Un muchacho armado me levantó a la fuerza para que fuera a ver un
herido. Le dije que estaban disparando, que no era seguro.
Me acuerdo del hombre que me dijo que me callara, o me
mataba.
El muchacho que me había avisado, en un momento de
calma me explicó que del lado sur se acercaba la columna
de Montoneros(2) y la JP(3), que querían copar el palco y no
los iban a dejar. Se levantó el poncho y me mostró un arma
larga.
Empezaron a gritar a los que se encontraban subidos a los
árboles para que se bajaran o lo hacían a los tiros. Todo eracomo una escena de película de acción, pero yo la vivía
como si fuera de terror.
Cuando nos enteramos de que Perón había aterrizado en
Morón, se puso más violenta la situación, y decidimos irnos. La cosa no daba para más, y nos subimos a la ambulancia, que no era en la que habíamos ido, y emprendimos
el regreso a Wilde.
Me acuerdo de mi voz apagándose adentro mío por años.
Y me acuerdo, sobre todo, de la certeza que se nos metió
en el cuerpo como un veneno: si eso pasaba a la luz del día,
imaginar lo que iban a hacernos cuando nadie mirara.
Esa fue la antesala.
El aviso.
El ensayo del horror.
El horror verdadero —la Triple A(4), las desapariciones, las
persecuciones, los silencios, las casas con objetos escondi-
dos para no comprometer a nadie, el miedo con nombre y
apellido—, eso vendría después, pero todo empezó ahí: en
ese puente donde yo, una chica de tu edad, aprendí que la
vida podía desarmarse en un solo día.
Te cuento todo esto para que siempre estés alerta, tenés
una vida por delante.
Te abraza,
Lola
Ángela se había quedado impactada por lo que acababa de leer.Luego de terminar la carta,
quedó sentada en silencio, con el papel todavía entre las manos. No pudo levantarse de inmediato.
Un estremecimiento le recorrió la piel, lento y profundo, como si
lo leído hubiera despertado una memoria que no era suya pero
que, aun así, la hacía presente en el dolor.
El aire de la mañana entraba por la ventana abierta, no lograba
disipar la sensación que oprimía sobre su pecho. Era una quietud
extraña, esa que no nace de la calma sino del impacto.
Entonces, casi sin quererlo, se le vino a la cabeza una escena del
colegio. Una de esas clases que no se olvidan. La voz de su profesora de Filosofía, pausada, firme, citando a Walter Benjamin
como si dejara una marca: “La memoria es el tejido de la experiencia”.
Ahora, esa frase adquiría un sentido nuevo, que podía aplicarlo
a una situación vivida.
La memoria no era un archivo del pasado: era una trama viva,
hecha de miedo, silencios, decisiones, cuerpos que corrieron,
manos que curaron, voces que se apagaron para sobrevivir. La
experiencia de Lola —y la de Zuni— no estaba detrás: se encontraba ahí, todavía vibrando en cada palabra.
Ángela dio vuelta la carta.
En el margen inferior, casi como un susurro final, reconoció la
letra de su abuela. No era una despedida; era una advertencia
amorosa.
“Ange, esta primera carta es el testimonio de alguien que
conocés y querés mucho. Es un relato que forma parte de
su pasado, de sus heridas, de sus miedos y de los tormentos
que la visitan en los días más vulnerables. Es una forma deacercarte a una historia que la marcó para siempre, y que,
aunque no siempre se vea, la acompañará el resto de su
vida”.
Leyó esas líneas varias veces.
Cada lectura le agregaba una capa nueva de sentido.
Lo más impactante no fue la violencia explícita del relato, ni las
armas, ni el miedo físico. Lo que más la conmovió fue comprender algo que hasta ese momento no había terminado de pensar:
cómo personas profundamente buenas, amorosas, generosas —
esas que la habían cuidado, que la habían tratado siempre con
ternura y alegría— podían llevar adentro tanto dolor sin que se
les notara en el rostro.
Lola o Zuni.
Personas que irradiaban calma, que ofrecían palabras suaves, que sabían escuchar.
Y, sin embargo, dentro de ellas habitaban escenas de terror, noches interminables, recuerdos que regresaban sin aviso.
Ahí Ángela entendió algo esencial: los peores traumas de nuestras vidas no siempre se muestran. Se esconden. Se acomodan en
algún rincón del cuerpo.
Aprenden a convivir con la sonrisa, con la rutina, con el amor cotidiano.
Podemos conocer a alguien por lo que es y por lo que decide
mostrar. Ahora, si esa persona no se abre, si no confía, jamás
podremos acceder a sus heridas, a su pasado, a su versión más
frágil. A su historia verdadera.
Y en ese mismo pensamiento apareció la antípoda de esa reflexión que se tornaba inquietante: también existen quienes esconden con la misma eficacia el mal que han hecho.Quienes se presentan como ciudadanos ejemplares, correctos,
amables, mientras detrás de esa fachada se ocultan las peores perversiones.
Recordó entonces otra lectura, otra advertencia que alguna vez le
había resonado, la de Hannah Arendt: “El mal no siempre grita,
no siempre se presenta con el rostro de la monstruosidad. A veces
es silencioso, prolijo, cotidiano. A veces se disfraza de normalidad”.
Ángela apoyó la carta sobre su pecho y cerró los ojos.
Sintió una mezcla de tristeza, admiración y una responsabilidad
nueva, todavía difícil de nombrar.
Comprendió que esa carta no era sólo una historia del pasado.
Era una llave. Y también un compromiso.
La memoria, ahora lo sabía, no era sólo recordar.
Era hacerse cargo de lo que otros tuvieron que callar para que ella pudiera vivir sin miedo.
Y mientras doblaba cuidadosamente el papel y lo guardaba de
nuevo en el sobre, Ángela supo que ya no estaba esperando la
próxima carta con simple curiosidad.
La esperaba con respeto. Con cuidado. Y con la certeza de que, a partir de ese momento, nada de lo que viniera sería liviano.
Y tenía que juntar mucho valor para seguir leyendo la historia.
Pues, quien no siente dolor al leer es porque no siente dolor al ver que se cometan tremendas atrocidades. Increíblemente el mundo está lleno de gente carente de empatía emocional.














