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El impacto de las palabras

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“El poder no se ejerce solamente sobre los cuerpos,
sino a través de ellos”.
Vigilar y castigar, de Michael Foucault.

Ángela terminó de leer la carta en el parador.
El lugar estaba casi vacío. Un par de mesas de madera
oscura, el olor persistente a café recién hecho, una estufa
encendida que no alcanzaba a vencer del todo el frío. Afuera, el
Nahuel Huapi se extendía inmenso, gris azulado, con ese brillo
opaco que anuncia el comienzo del otoño. Las primeras hojas
secas se acumulaban cerca de los ventanales, empujadas por un
viento.
La carta quedó apoyada sobre la mesa, sujetada apenas por la
taza. Ángela no apartaba la mirada del lago, pensativa, reflexiva,

como buscando algo que justificara semejante acción de un go-
bierno para con su pueblo y, sobre todo, contra la juventud.

Ángela no la dobló.
No la guardó.

Simplemente se quedó analizando cada parte de la carta de Ru-
bén.

Sintió primero el frío en las manos. Se llevó la taza a los labios sin
beber. El café ya estaba tibio.
Leyó el final otra vez.
No por entenderlo mejor. Por acompañarlo. Creía que este relato
la interpelaba en su crisis de identidad.
Levantó la vista y miró el lago. El agua estaba quieta, casi inmóvil,
pero no en calma: quieta como algo que contiene demasiado, con
la necesidad imperiosa de salir. Pensó que ese paisaje siempre le
había parecido libre, abierto, inmenso. Por primera vez lo sintió
también observador, como si pudiera guardar silencios.
¿Cuántas veces estos protagonistas de las historias de un pasado
cruel se habían sentido observados? ¿Cuántas veces en la calma
veían peligro?
Pensó en Rubén a los dieciocho años.
Pensó en su cuerpo herido corriendo entre jardines.
Pensó en los libros ardiendo de noche, en el miedo.
Pensó en la vida entera vivida en voz baja.

Entendió entonces que el silencio no siempre es ausencia de so-
nido, a veces se transforma en la única manera de seguir.

Afuera, el viento llenó de ondas irregulares la superficie del lago.

Todo se movía, apenas, como si el paisaje también estuviera ha-
blando sin palabras.

Pensó en su abuela.
En su modo de contar sin decirlo todo.
En las pausas que la obligaba a tener este tipo de diálogo.
En las cartas.

Sintió algo incómodo, difícil de nombrar. No era tristeza so-
lamente. Tampoco era culpa. Era una mezcla de impotencia y

bronca. Necesitaba una compañía de las que le otorgaran un
poco de calma. Necesitaba de Azul, así que decidió ir a verla.

Rumbo a la casa de su amiga, se vio transitando libre por las ca-
lles, esas donde años atrás otras personas habrán atravesado con

miedo.
Se frotó las manos para entrar en calor. El invierno ya se le metía

en el cuerpo. Pensó que ese frío no era sólo del aire. El frío tam-
bién provenía de historias que no había vivido pero que ahora la

envolvían.
Lloró.
Tocó la puerta, la Nona abrió, se preocupó enseguida.

—Ay, mi niña, ¿qué te ha pasado? —mientras la abrazaba la invi-
taba a ingresar a la casa.

—Perdón, Nona, son cosas complicadas de contarte. ¿Está Azul?
—Sí, mi vida —responde abrazando entre sus manos los cachetes
de Ángela—, está arriba, pero mirame bien. ¿Es por un amor?
Sos muy joven y vas a descubrir que los amores van y vienen,
sobre todo a esta edad, mi cielo.
—No, Nona querida —lo pensó y dudó, explicar las cartas iba a
ser muy difícil—, bueno, sí, en realidad es por un viejo amor que
viví con otra persona.

—Ay, qué cruel. Subí, anda a ver a tu amiga, les preparo un cho-
colate caliente. Nada como el chocolate para aliviar el desamor.

Era una mentira piadosa, pero no podía contarle por qué lloraba.
Lloraba por Rubén.
Por los que no se fueron.
Por los que se quedaron sin quedarse.

Por los que aprendieron a vivir con una parte de sí mismos dete-
nida en el tiempo.

Entendió —sin necesidad de definirlo— que el insilio no era sólo
una palabra del pasado. Era una herencia. Un modo de estar en
el mundo que todavía respiraba en los cuerpos, en los miedos
heredados, en ciertas precauciones que nadie explicaba.
Entra al cuarto de Azul, estalla en llanto y se ponen a hablar de
todo lo que había leído.

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