Los golpes no siempre hacen ruido;
a veces llegan con la voz baja,
con un plato que se quiebra sin querer,
con la frase que corta más que el cinto.
Nadie escucha al niño cuando se vuelve
mueble,
cuando aprende a no respirar
hasta que pase la tormenta.
Las paredes no hablan,
pero absorben las discusiones como
humedad,
y la casa se pudre en silencio.
Mamá llora sin lágrimas,
papá mira con cuchillos,
y la cena es un campo minado,
con cubiertos bien alineados.
En la escuela dicen: “es un chico
distraído”,
pero no ven la guerra en sus pupilas
ni la cicatriz que no se nota.
La sociedad aplaude la obediencia, la mesa
servida,
aunque la comida se mezcle con el miedo
masticado, y llama rebeldía al pedido de ayuda.
Todo se llama “familia”,
aunque huela a encierro,
aunque arda como el gas de la estufa mal
cerrada.
“A vos no te falta nada”, dicen,
pero el alma se vacía por dentro.
Un juguete sin batería,
una infancia sin infancia,
un cuerpo sin refugio.
En los noticieros nadie dice nada,
pero en las casas, gritan las puertas,
las ventanas tiemblan
y los dibujos se esconden bajo la cama.
Nadie habla de esto en voz alta,
nadie mira de frente; prefieren decir:
“es un tema privado”, “cada familia sabe
lo que hace”.
Yo también estuve ahí, pero aprendí a
callar,
cómo se aprende a no llorar en voz alta.
porque, en este país, el abuso se hereda
como un apellido.
porque, en este país, el abuso se hereda como un apellido.
Y lo que no se nombra, sigue
sucediendo…
Agustina Mendez Sánchez















