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Complicidad de juventud

peatonal bariloche con poca gente 3

Ángela salió de su habitación con la carta todavía reso-
nándole en el cuerpo. No la llevaba encima, igual sentía

su peso. Cruzó la casa en silencio y abrió la puerta que
daba al patio.
El aire se percibía frío y limpio. El cielo de Bariloche tenía ese

azul filoso de la tarde que empieza a caer. Su padre apoyado con-
tra la pared, mirando hacia la montaña, fumando despacio. No

parecía pensar en nada concreto; o tal vez pensaba en demasia-
das cosas a la vez.

—¿Puedo? —preguntó ella, señalando el porro.
Martín asintió sin mirarla y se lo alcanzó. Ángela dio unas secas
cortas, cuidadas, y devolvió el humo mirando cómo se perdía
entre los árboles. Durante unos segundos no dijeron nada. Con
su padre, el silencio había sido una forma de estar juntos.
Pensó en hablarle.
Pensó en la carta.
Pensó en su abuela, en Lola y todo eso de Ezeiza, en el miedo
heredado.Pero no dijo nada de eso.
—Pa… —empezó, con la voz baja—. ¿Cómo fue tu infancia?
Martín tardó en responder. Se acomodó la campera, como si el
frío hubiera llegado de golpe.

—Normal —dijo—. Bah, qué sé yo. Éramos pobres, la abu la-
buraba mucho, mucho. Ella siempre estaba ocupada. Y el viejo,

bueno, sabemos que el viejo nos dejó —hizo una pausa breve—.
No fue fácil.
No entró en detalles.
Nunca entraba.

—¿Te gustaba ir a la cancha cuando eras chico? —insistió Ánge-
la, tanteando.

—Sí —respondió—. Eso sí. La cancha era otra cosa. Ahí te olvi-
dabas un poco de todo.

Se hizo otro silencio. Martín volvió a fumar, esta vez con más
apuro.

—Che, hablando de la cancha —dijo, casi enseguida—, el do-
mingo jugamos con los veteranos. Viene gente, capaz está lindo

para ir. Después hacemos algo con los muchachos.
Ángela entendió.
La conversación había llegado hasta donde él podía sostenerla.
—Puede ser —respondió—. Avísame.
Se quedaron un rato más, compartiendo el humo y la tarde. No
había enojo en ella, sólo una certeza: su padre también había
aprendido a sobrevivir esquivando palabras, el silencio era duro,
y sin embargo resultaba más cómodo que afrontar el dolor con
palabras.Pensó, sin saber bien por qué, en algo que le había leído Zuni
alguna vez de Paul Ricoeur: “No todo silencio es olvido; a veces es
una forma de proteger lo que duele”. Y con esa idea, decidió no
forzar nada.
Más tarde se fue a cenar a lo de Azul.
La casa de la Nona —abuela de Azul— siempre tibia, incluso en
invierno. Había olor a comida casera y una radio vieja sonando
bajito. Azul estaba en la cocina, con el pelo recogido de cualquier
manera.
—¿Llegaste bien? —le preguntó la abuela desde la mesa.
—Sí, Nona —respondió Ángela—. Hace frío, ¿no?
—Y sí, se vino de golpe —dijo ella—. Este año el clima está raro.
—Y el turismo también —agregó Azul—. Está explotado todo.
No se puede caminar por el centro.
—Antes no era así —dijo la Nona—. Bariloche era más tranquila.
Ahora está lleno de brasileños, porteños, turistas de todos lados.
Hablaron de lo que iban a cenar, de los precios, de la gente que
llegaba, de los colectivos llenos. Charla cotidiana, de esas que
sostienen el mundo cuando lo importante todavía no se puede
decir.
Después de comer, Ángela y Azul se fueron al cuarto. Cerraron
la puerta, se tiraron en la cama y pusieron música suave. El ritual
que las caracterizaba: “Rasguña las piedras”, de Sui Géneris.
—Estás rara —dijo Azul, mirándola—. ¿Qué te pasa?
Ángela dudó. No quería contar todo. No podía. Pero algo tenía
que decir.
—Mi abuela me mandó una carta —dijo—. Una de verdad. De
papel.
—¿Una carta? —Azul se incorporó—. ¿Qué decía? —Sobre el pasado. De cosas muy pesadas. De gente que conoci-
mos siempre… y que pasó por cosas horribles cuando eran jóve-
nes —hizo una pausa—. Me hizo pensar que no sabemos nada de

los dolores que cargan los demás.
Azul se quedó callada. Bajó la mirada.
—Mi vieja tampoco contaba todo —dijo al rato—. Y ahora ya no
está.
Ángela la miró. Las dos entendían ese vacío.
—Leí algo una vez —continuó Ángela—. Hannah Arendt decía
que el mal no siempre se muestra como un monstruo. A veces
se esconde en lo normal. Y pensé también en nosotras, en cómo
aprendimos a crecer medio solas.
Azul sonrió apenas, con tristeza.
—Sí. Nos criamos como pudimos.

Se quedaron un rato sin hablar, escuchando la música. La amis-
tad entre ellas era eso: no tener que explicarlo todo. Compartir

heridas distintas y a su vez parecidas. Saberse acompañadas, aun-
que el mundo hubiera sido injusto demasiado pronto.

Ángela apoyó la cabeza en el hombro de Azul.

Por primera vez desde que había leído la carta, sintió que no es-
taba sola con lo que había descubierto.

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