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La noche más oscura

images (1)

Ange volvía del centro de Bariloche con las manos carga-
das de bolsas, cumpliendo los encargos que le había pe-
dido su padre, lo justo, lo necesario, sin olvidos. El frío

de la tarde se le metía en los dedos, y el peso repartido entre am-
bos brazos le marcaba los pasos, cortos, apurados, como si algo

más la estuviera llamando desde antes de llegar. Cuando empujó
la tranquera y alzó la vista casi por reflejo, vio lo que imaginaba:

la bandera del buzón levantada. Una señal mínima, metálica, su-
ficiente para que el pulso se le acelerara. Había llegado una carta.

Intentó hacerlo todo al mismo tiempo. No soltar las bolsas, no

perder el equilibrio, llegar al buzón antes de que la ansiedad to-
mara del todo el control. En ese apuro torpe, una de las manijas

cedió. El ruido del plástico rompiéndose fue apenas el anuncio

de lo inevitable: las latas de tomate rodaron por el piso, las cebo-
llas se dispersaron como si buscaran esconderse, la gaseosa dio

un giro exagerado antes de quedar quieta, los dos paquetes de
galletitas cayeron y uno se abrió, y el paquete de azúcar se deslizó

dejando un pequeño hilo blanco sobre el suelo. Ange cerró los
ojos un segundo, como si ese gesto pudiera ordenar el caos.
Mientras juntaba una a una las cosas, yendo y viniendo entre la
vereda y la puerta, se repetía en silencio, casi como un reproche

aprendido: “Ya lo decía Napoleón, vísteme despacio que estoy apu-
rado”. Sonrió sin ganas. Qué tonta, ¿Por qué no dejé las bolsas en

casa y después volvía por la carta? Si no se iba a ir a ningún lado.
Otra prueba más —pensó— de que todavía tenía que aprender
a controlar esa ansiedad que siempre le ganaba unos pasos antes
de tiempo.
Cuando por fin dejó todo en la cocina, regresó al buzón. Esta vez,
sin prisa. Introdujo la mano, sintiendo el frío del metal, y sacó
el sobre. Era blanco, grueso, con esa textura que delata que no
viene de una imprenta ni de un trámite. Reconoció la letra antes
incluso de leer el remitente. La sostuvo unos segundos entre los
dedos, como si al hacerlo pudiera anticipar el peso de lo que traía
adentro. No la abrió ahí. No todavía.
Entró a su cuarto, cerró la puerta con cuidado y dejó el sobre en el
escritorio, junto a la lámpara apagada y el cuaderno que usaba para
anotar pensamientos sueltos. Se sentó despacio, acomodó la silla, y

recién entonces volvió a tomar la carta. La giró, observó el trazo fir-
me, las pequeñas imperfecciones de la escritura. En cada carta que le

había enviado existían particularidades que las diferenciaban, como
si cada misiva hubiera sido pensada hasta el más mínimo detalle.

Pasó el pulgar por el borde, notó el leve abultamiento del papel do-
blado varias veces en su interior. Respiró hondo. Antes de abrirla,

la sostuvo un instante más, consciente de que ese gesto —simple,
cotidiano— iba a volver a mover algo que todavía no terminaba de
acomodarse dentro de ella.

Querida Ange:
No sé bien por dónde empezar, porque hay recuerdos que
no entran en un orden prolijo. Se nos presentan de pronto,
como un golpe seco en la nuca, y uno apenas puede darles
forma sin que vuelvan a doler. Tal vez por eso escribo así,
avanzando y retrocediendo, como quien camina de noche
por una ciudad que cree conocer, pero que de pronto se
vuelve extraña. Eso es lo que nos pasó durante ese período

de tiempo, nuestra ciudad se volvió una ciudad ajena, dis-
tinta, una ciudad desconocida.

Soy Francisco F., me conocen como Pancho. Tenía veinti-
trés años cuando entendí, de la manera más injusta, que en

este país uno podía ser culpable simplemente por estar. Por
caminar. Por estudiar. Por esperar un colectivo. Yo no fui
ni soy militante peronista, soy peronista de cuna.

Era el 21 de marzo de 1978. Recuerdo la fecha como se re-
cuerdan las pesadillas: no porque uno quiera, sino porque

el cuerpo no las olvida. Aquella noche jugaba Boca contra
el Borussia por la Intercontinental. En mi casa el fútbol era
un ritual familiar, una excusa para reunirnos, para creer
por un rato que la normalidad seguía existiendo. Yo había
salido a ver a un amigo de la secundaria, un amigo que
vivía en Suecia y que, cada vez que volvía, traía noticias del
mundo, externas, quizás más reales de lo que se vivía acá,
una realidad que siempre sentimos que nos ocultaban o
nos deformaban. Pero ese día no pude verlo. Suecia quedó
lejos. El partido también. Llegué a la casa y su madre me

dijo que el vuelo se había suspendido y que volvería a Ar-
gentina dentro de unos días.

Volvía caminando por Bernal, cerca de la villa Los Euca-
liptus. No había casi nadie en la calle. Me encontraba es-
perando el colectivo 148 línea B, para retornar a mi casa.

El silencio era tan espeso que parecía vigilarnos. Entonces

apareció la camioneta Dodge de la policía, llena de hom-
bres armados hasta los dientes. Me apoyaron contra un

poste, me revisaron, me insultaron. Nunca en mi vida ha-
bía recibido tantos insultos, mucho menos insultos escon-
didos detrás de armas que impedían cualquier tipo de res-
puesta. Lamentablemente era un trámite habitual, decían.

Yo era estudiante de Veterinaria. Eso bastaba para que mi
nombre se transformara en sospecha. Me soltaron. Y yo
creí, ingenuamente, que todo había terminado.
Hay noches que no terminan cuando uno cree.
De regreso a casa, decido tomar el primer colectivo que me
acercara y opto por esperar uno que pasaba más seguido,
el 85, que me llevaba al centro de Quilmes. A los pocos
minutos, vi un Torino blanco detenido del otro lado de la
calle. Cuatro hombres adentro, de civil. Miraban sin mirar.
Se notaba que miraban sin miedo, ese miedo sin forma que

no grita, se te instala en el cuerpo. Cuando subí al colecti-
vo, pensé que había escapado. Pero pensé mal. En Lama-
drid y Condarco, el Torino y la Dodge atravesaron el colec-
tivo como si cerraran una trampa invisible, como si fuera

una emboscada a un narco criminal. Subieron armados,

me señalaron con el fusil y dijeron: “A vos te estamos bus-
cando”. Nadie dijo nada. Nadie hizo nada. Hoy lo pienso, y

era obvio, yo tampoco hubiera hecho nada. Me bajaron a
patadas. Ahí empezó mi calvario.

Me obligaron a ir en posición fetal dentro de la camioneta.
Me insultaban como si tan sólo mi existencia los ofendiera.
Me golpeaban mientras repetían que me iban a matar, que
dijera la verdad, una verdad que yo no sabía cuál era, y
que si la hubiera tenido se las hubiera dicho con tal de no
soportar ese calvario. Yo respondía siempre lo mismo: mi
nombre, mi edad, mis estudios, mi casa. Repetía esos datos
como si fuera un rezo, como si fueran un salvoconducto
contra la muerte. Me llamaban subversivo. Me mostraron

volantes. Me dijeron que podían matarme y tirarlos enci-
ma. Y yo rezaba. Nunca recé tanto en mi vida. Era lo único

que me quedaba para no desaparecer del todo.

En un momento pararon. Me bajaron. Me pusieron de ro-
dillas. Sentí el frío del arma en la nuca. Dispararon. Dos

veces. No salió la bala. El silencio que siguió fue peor que

el ruido que no ocurrió. Me subieron otra vez a la camio-
neta. Todo volvió a empezar, como si el tiempo se hubiera

trabado en un bucle perverso. Más vueltas. Más insultos.
Más golpes. Otra vez de rodillas. Otra vez el arma. Otra
vez el disparo que no fue. Recién entonces supe dónde me

encontraba: la comisaría de Bernal. Me ingresan a las pata-
das. Me empiezan a tomar declaración.

Adentro, un escribiente me dijo, riéndose, que me había
salvado. Que la Pantera —así llamaban a la camioneta—

no traía negros vivos. Me tomaron declaración. Me ence-
rraron un rato en un calabozo. Perdí la noción de la hora,

una eternidad. Cuando me soltaron, ya era de madrugada.

Me devolvieron los documentos como si nada hubiera pa-
sado. Afuera, los mismos que me habían golpeado se reían.

Esa risa todavía me acompaña.

Volví a casa. Mi padre estaba desesperado. Decidimos no
contarle todo a mi madre. Me bañé. Me acosté. No dormí.

Durante un período largo no pude hacerlo. Sólo me dedi-
qué a ir de casa a la facultad y de la facultad a casa.

La Pantera pasaba seguido por la puerta, como un recorda-
torio de que yo seguía ahí, y ellos, también.

Te escribo esto, Ange, porque hay historias que no se cuen-
tan para ser heroicas, sino para no volverse fantasmas. Por-
que sobrevivir también deja marcas. Porque quedarse —

insiliado— a veces es otra forma de exilio. Esta es la noche
más oscura que me tocó vivir. Y recién ahora, tantos años

después, puedo contarla sin llorar. Tal vez porque escribir-
le a alguien que escucha, aunque sea en silencio, también

es una forma de volver a respirar.
Con afecto,

Pancho

Ange se había ido a lo de su amiga Azul. Precisaba contarle, pre-
cisaba charlar con ella para que la acompañara no sólo en el do-
lor que le transitaba en el cuerpo, sino también para poder hacer

catarsis de todo lo que estaba viviendo.
Azul la recibió sin preguntas urgentes, con esa forma que tienen

quienes estudian Filosofía y saben que a veces el silencio es la an-
tesala justa de las palabras. Preparó un mate, buscó unas galleti-
tas de limón que tanto le gustaban a Ange, corrió unos libros del

sillón y se sentaron una frente a la otra, como si ese gesto simple
fuera ya una forma de cuidado.

—Leí la carta —dijo Ange al fin—. Y siento que no terminé de
leerla todavía. Como si el cuerpo hubiera entendido antes que la
cabeza.
Azul asintió despacio.
—Eso que sentís no es raro. Hay relatos que no se procesan como
información. Se elaboran como impacto. Como interpelación.
Ange bajó la mirada.
—Lo que más me desarma es que Pancho no había hecho nada.
Nada. Estudiaba, caminaba, esperaba un colectivo… y aun así
podían matarlo. Dos veces le apoyaron un arma en la nuca.
Azul respiró hondo antes de responder. Miró a un punto fijo,
mientras masticaba las palabras que iba a decir.
—Ahí aparece algo muy fuerte que trabaja Hannah Arendt: El
terror no necesita culpables reales. Le alcanza con la posibilidad.
Con la sospecha. En esos sistemas, no se castiga lo que hiciste, sino

lo que podrías llegar a ser. Porque el dominio totalitario busca eli-
minar la espontaneidad humana.

—Eso es lo que me enferma —dijo Ange—. Que no había salida
posible. Que no importaba decir la verdad.
—Porque no buscaban verdad —contestó Azul—. Ejecutaban
un procedimiento. Arendt decía que el mal muchas veces no es
monstruoso, sino banal. No hay odio personal, hay rutina. Hay
obediencia. Hay una violencia que se vuelve administrativa. El
objetivo del terror es convertir a los hombres en obedientes, en

que nadie se anime a confrontar al poder, a confrontar al totali-
tarismo.

Ange apretó la carta entre los dedos. Como si al apretarla pudiera
darle fuerzas a Pancho, a ese Pancho de esa época, en ese lugar.

—Y sin embargo, cuando lo leo, siento que no es sólo historia.
Siento que me mira. Como si me dijera algo a mí. Esos dolores
me atraviesan.
Azul levantó la vista.

—Te entiendo. Eso es muy de Emmanuel Lévinas. Para él, el ros-
tro del otro nos interpela, incluso, cuando no queremos escu-
char. Aunque Pancho no esté ahí, su palabra hace de rostro. Te

obliga a responder éticamente, no a entender intelectualmente.
—¿Responder cómo? —preguntó Ange—. Yo no estuve ahí. No
puedo cambiar nada.
—Responder no siempre es hacer —dijo Azul—. A veces es no
apartar la mirada. Lévinas decía que la violencia empieza cuando
el rostro del otro deja de ser visto. Vos, al leer, al quebrarte, al
necesitar hablarlo, estás haciendo lo contrario: estás sosteniendo
ese rostro.
Ange sintió un nudo en la garganta.
—Me da bronca pensar en los que miraron para otro lado. En
el colectivo. En la comisaría. En todos esos que no sintieron la
necesidad imperiosa de ayudar a un joven.
—Eso también lo piensa Arendt —respondió Azul—. El terror

convierte a las personas en superfluas. Y cuando alguien es su-
perfluo, nadie siente que deba responder por él. Por eso estas car-
tas importan: devuelven singularidad. Nombre. Historia.

Se quedaron un rato en silencio. El mate se había enfriado.

—Entonces —dijo Ange, casi en un susurro—, leer no es inocen-
te.

—No —contestó Azul—. Leer esto te compromete. Lévinas diría

que la responsabilidad por el otro es anterior a cualquier ley. In-
cluso a la del tiempo. Por eso te pesa en el cuerpo.

Ange apoyó la espalda contra el sillón y cerró los ojos.
—Ahora entiendo por qué no podía abrir la carta sin que se me
cayera todo al piso. No era torpeza. Era el cuerpo diciendo: esto
no se lee apurada. Esto no precisa prisa sino compromiso.
Azul sonrió con tristeza.
—Exacto. Hay textos que no se leen. Se atraviesan. Y cuando eso

pasa, ya no somos los mismos que antes de abrir el sobre. Tene-
mos la obligación de pensar distinto, de ser distintas, de comuni-
car y hacer trascender esta historia.

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