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Murales con memoria

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Ángela había apoyado el cuaderno sobre el escritorio. Te-
nía la lapicera entre los dedos y la hoja en blanco de-
lante, dispuesta —por segunda vez— a responderle a su

abuela. Sentía que algo ya se había ordenado dentro de ella, y
aun así no sabía bien por dónde empezar. Fue entonces cuando
escuchó a su padre llamarla y decirle: Ange, carta para vos, de
la abuela, ¿puede ser que sigan con esta historia tan rara ustedes
dos?

Ange no podía entender, otra más, apenas días después de la úl-
tima carta.

Se levantó despacio. El sobre se encontraba ahí, como si hubie-
ra estado esperando ese preciso instante para llegar, arriba de la

mesa del comedor. No llevaba estampillas modernas ni membre-
tes. Otra vez la letra manuscrita, con detalles completamente dis-
tintos a la carta anterior. Esta vez tenía no sólo la cursiva distinta,

sino que contenía sellos estampados en la carta y en el sobre que
diferían de todo lo anterior.

Ange entendió de inmediato que la respuesta a Zuni tendría que
esperar. Hay cartas —pensó— que no admiten postergación.
Querida Ángela:
Mi nombre es María Cristina T., nací en La Plata el 29
de junio de 1952, y como la de tantos, mi historia, nunca

terminó de pertenecer a un solo lugar. Fui hija de un agri-
mensor y de una docente. Hermana menor de dos mujeres

con las que compartí una infancia cuidada, prolija, en es-
cuela de monjas, en un mundo que parecía ordenado y

previsible.

Estudié en el Colegio Misericordia, el mismo donde estu-
dió Cristina Fernández. Éramos sólo mujeres. Tal vez por

eso tardé en entender que el mundo no funcionaba con

la misma lógica cuando una salía de esos muros. Al ter-
minar la escuela quise ser arquitecta, dibujante, pintora. Y

encontré algo que me salvó: Pintura mural en la Escuela
de Bellas Artes. Una carrera única, cinco años, una tesis.
Aprendí a trabajar con paredes, con superficies grandes,
con lo colectivo. Sin saberlo, estaba aprendiendo a sostener
la memoria.
Me casé joven. En 1971 nació mi hijo Jerónimo. La vida era

luminosa, militaba en la FURN(11). Éramos muchos. Traba-
jábamos en barrios, en la facultad, en la calle. Pintábamos

imágenes para que otros las taparan de noche. Creíamos
—como se cree a esa edad— que el futuro era nuestro.
Después todo empezó a romperse.

En 1974 la facultad estaba tomada. Cerrada. Destrozada.
Robada. Carreras enteras desaparecieron, y personas. La de
Muralismo. La de Cinematografía. Profesores expulsados.
Otros, silenciados. Yo tenía que hacer mi tesis y ya no tenía
con quién. Horror es una palabra insuficiente para eso.

Comenzó entonces una vida sin domicilio. Casas presta-
das. Bolsos siempre listos. Dormir sin saber si esa cama iba

a ser la última. Miedo a los ruidos de la calle. Aprender a
no preguntar. A no llamar. A no nombrar. A no quedarse.
Yo me reconocía “gitana”. Íbamos de un lado a otro con mi

hijo y su padre. Mi hijo, un niño hermoso que me acom-
pañaba siempre. Nunca voy a poder explicar lo que era el

tiempo en esos días. No se medía en horas ni en calen-
darios, sino en sobresaltos. En ausencias. En nombres que

dejaban de pronunciarse.
Supimos que había compañeros que no volveríamos a ver.

Algunos presos. Otros muertos. Otros simplemente desa-
parecidos del mundo. No sabíamos el paradero de las cua-
tro compañeras con las que cursábamos Muralismo. No

sabíamos nada. La ignorancia no era tranquilidad: era otra
forma del terror.

Un día, una amiga nos salvó. Nos ofreció su casa en Bue-
nos Aires. Vivimos un año escondidos. Seis personas

fingiendo que tres no existíamos. Cuando venían visitas,
nosotros desaparecíamos dentro de la casa. Mi hijo tenía
cinco años. Quería que sus amigos vinieran a jugar. Quería
hablar por teléfono. No se podía. Yo tejía tapices con lana
para no volverme loca. Para sostener algo con las manos
mientras todo se caía.

Después vino el regreso. Volver a La Plata fue caminar so-
bre un territorio extraño. Las calles eran las mismas, pero

ya no eran nuestras. La facultad no era la misma. La ca-
rrera ya no existía, y aun así, volví. Fui ayudante. Fui titu-
lar. Y años más tarde, pude hacer algo que todavía hoy me

emociona escribir: reabrí la carrera de Muralismo y Arte
Público Monumental.
Fui vicedecana durante ocho años. No fue revancha. Fue
reparación.
Nunca pude salir de esta historia. Vive en mi cuerpo. Por
eso hago murales. Por eso nunca cobro cuando la memoria
de los compañeros está presente. Hice esculturas en ATE(12)
Nacional, para recordar a los asesinados. Trabajé en plazas,
en actos, en la Plaza de Mayo, junto a Madres, músicos,
voces que no se resignaron al silencio.
Nada de esto pasó. Todo esto sigue pasando.
Salir es imposible cuando se llevaron a tantos. No puedo
contarlo todo. Es triste. Y se irá conmigo; mientras tanto,
escribo. Porque si algo aprendí es que el arte —como las
cartas— no devuelve a los muertos, pero evita que el olvido
termine de matarlos.
Con afecto,

Cristina

Al terminar de leer, Ángela pensaba que esa historia, la de María
Cristina, tenía fragmentos similares con el Diario de Ana Frank,
no porque los hechos fueran idénticos, sino porque compartían

una experiencia marcada por el encierro, el tiempo detenido, y la
escritura como modo de supervivencia. El escondite como forma
de vida. Cristina tuvo que esconderse dentro de una casa en la
cual su familia y ella fingían no existir. Ana vivía escondida en
un anexo secreto. En ambos casos, el refugio no es libertad, más
bien vida que precisa ser invisible, encubierta. El escondite, en
estos testimonios, como en los demás relatos de los insiliados, se

transforma en lo cotidiano, donde caminar, hablar o recibir visi-
tas podría convertirse en actos potencialmente mortales.

Entonces entendió mejor por qué, cuando ella era chica, con tan
sólo unos doce o trece años, su abuela le leía este cuento, como
si fuera una advertencia envuelta en ternura. Ana escribe en un

tiempo detenido, y Cristina lo escribe sin rodeos: “No se pue-
de explicar cómo se sentía el tiempo. No existe calendario cuando

cada día repite la misma amenaza, la misma estructura. El futuro
se vuelve un lujo impropio”.
Y ahí apareció el otro hilo de conexión, el que ahora unía todas

esas historias: todos eligieron escribir para no desaparecer. Se-
guir existiendo, aun cuando el mundo o la sociedad insistiera en

negarles un lugar.
Si el Diario de Ana Frank es el testimonio de una vida que fue
obligada a esconderse hasta desaparecer, la carta de Cristina es el
testimonio de una vida que sobrevive sin poder salir del todo del
escondite interior. Ambas historias nos recuerdan que el terror
no termina cuando cesa la persecución: continúa en el cuerpo,
en el tiempo, en la memoria. Y que escribir — o crear un relato—
no salva del horror, sí impide que éste tenga la última palabra.
Estas reflexiones de Ángela salían de su cabeza, atravesaban
como una autopista su mano, impregnándose con tinta en la car-

ta que escribía para su abuela. Era una respuesta meditabunda,
que se tomaba su tiempo en elaborarse y en cerrar cada párrafo.
Termina de hacer las últimas anotaciones, pasa su lengua por la
solapa del sobre y lo cierra.
Agarra un abrigo del ropero, se pone las botas y sale de la casa
rumbo al correo.
Llegó a la parada del colectivo y esperó. Fueron pocos minutos,

los sintió eternos. En ese lapso apareció un hombre mayor, de-
masiado arreglado para la hora y el barrio. Traje marrón, sobre-
todo y un gorro antiguo, también marrón, apenas de otro tono.

Bigotes blancos, bien recortados. Ojos claros, duros, con una mi-
rada fría, penetrante y oscura. La saludó.

—Buenas tardes.
Ange responde sin pensar.
—Hola.
Se aproxima el colectivo.

Subieron los dos. Ella eligió un asiento a mitad del ómnibus; ha-
bía varios lugares libres. No tenía motivos para preocuparse.

Sin embargo, el hombre se sentó justo detrás de ella.
Esa actitud la alertó y le hizo sentir miedo.

En la teoría, no pasaba nada. En la práctica, algo se le contra-
jo por dentro, un nudo en la panza se apoderó de ella. Le bastó

ese detalle —ese asiento elegido con intención o con azar, daba
igual— para que todas las historias le cayeran encima como un
golpe. Historias de gente perseguida, observada, marcada por
miradas iguales a esa.
Sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda y le erizó la
piel, no por el clima de afuera sino por la idea, insoportable, de
lo que debe haber sido vivir en una época en donde el cuerpo

nunca descansaba: una época en la que uno podía sentirse perse-
guido aun cuando nadie decía una palabra.

Se convenció de que todo era producto de su imaginación, que
se sumergía tanto en los relatos de las cartas que seguramente era
pura sugestión.
Se aproxima su destino.
Se levanta. Toca el timbre.
El colectivo frena. Empieza a bajar y escucha que el señor le dice:
“Adiós, Ángela”.

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